La urgencia de acelerar esta transición se ha vuelto más evidente conforme avanzan los efectos del cambio climático. Sequías, incendios, olas de calor e inundaciones extremas se han intensificado en distintas regiones del mundo. Al mismo tiempo, los conflictos geopolíticos recientes, particularmente la guerra en Ucrania, evidenciaron la dependencia global de los combustibles fósiles y la vulnerabilidad de los sistemas energéticos basados en petróleo, carbón y gas.
En paralelo, la caída en los costos de las tecnologías renovables ha acelerado el cambio energético. Datos de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) muestran que en 2023 la electricidad generada por nuevos proyectos solares fotovoltaicos fue 56% más barata que las alternativas basadas en combustibles fósiles, mientras que la energía eólica terrestre resultó 67% más económica. El mismo organismo reportó que los costos de almacenamiento en baterías disminuyeron 89% entre 2010 y 2023, un elemento clave para resolver los problemas de intermitencia de las energías renovables.
Para Ortúzar, la transición ya está ocurriendo, pero no necesariamente por razones ambientales. “Se está dando naturalmente por temas de mercado, de seguridad, de soberanía y también temas ambientales”, señala. Sin embargo, advierte que replicar el modelo energético actual con nuevas tecnologías podría mantener las mismas dinámicas de exclusión y concentración económica.
“Podría darse que ya no se queme carbón, sino que se instalen miles de parques eólicos o solares, pero con las mismas injusticias que existen hoy, que se instalen sin participación de la gente que vive en los territorios o sin ningún resguardo para las tierras de donde se extraen los minerales necesarios para estas tecnologías”, dice Ortúzar.
La transición justa también implica redefinir quién produce y controla la energía. Durante décadas, los sistemas energéticos se construyeron bajo esquemas centralizados, dominados por grandes empresas y gobiernos. Ahora, especialistas plantean la posibilidad de avanzar hacia modelos más descentralizados, donde las comunidades puedan participar directamente en la generación y distribución de energía.
Ortúzar destaca el crecimiento de proyectos de autogeneración y energía comunitaria en distintas regiones de América Latina. “Imagínate un mundo donde una comunidad rural pueda generar su propia energía con paneles solares o pequeñas turbinas y no depender de una gran central”, comenta.