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ESG como ventaja competitiva. Cuando la sostenibilidad se activa

La sostenibilidad ya no es un área aislada; es parte del análisis y del modelo de negocio.
vie 20 marzo 2026 06:00 AM
ESG como ventaja competitiva. Cuando la sostenibilidad se activa
El futuro no se va a definir por quién publique el mejor informe, sino por quién logre operar bajo estas nuevas reglas con coherencia, velocidad y visión. La sostenibilidad ya no es un discurso moral. Es una decisión económica, apunta Gilda Franyutti. (Foto: iStock)

Durante años, hablar de ESG era hablar de un accesorio reputacional: informes bien diseñados, compromisos públicos y de un lenguaje políticamente correcto que rara vez se reflejaba en el balance. Hoy se ha convertido en un filtro económico real. El mercado ya no está premiando a las empresas que “dicen” ser sostenibles, sino a las que demuestran que saben operar bajo nuevos estándares de riesgo, transparencia y gobernanza.

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Lo veo con claridad en los dos contextos donde colaboro: América Latina y Estados Unidos. Aunque los marcos regulatorios e institucionales son distintos, la presión es sorprendentemente similar. La sostenibilidad dejó de ser un valor agregado; se está convirtiendo en una condición para competir y mantenerse vigente.

En América Latina, este cambio se siente con fuerza en el fenómeno del nearshoring. Las empresas que llegan no solo buscan costos bajos o cercanía geográfica. Buscan proveedores que puedan cumplir estándares ambientales, sociales y de gobernanza comparables a los de sus casas matrices. Para muchas compañías locales, esto representa una oportunidad histórica y al mismo tiempo un reto profundo: elevar su operación sin perder viabilidad financiera.

En Estados Unidos, la conversación ha madurado de otra manera. No se trata tanto de “si” ESG es importante, sino de “cómo” se integra en decisiones reales: en el acceso al capital, en la implementación de la tecnología e innovación, en la selección de talento y en la continuidad operativa frente a riesgos climáticos. La sostenibilidad ya no es un área aislada; es parte del análisis y del modelo de negocio.

Sin embargo, hay un punto en donde ambos mundos se cruzan: la cadena de suministro. Hoy se exige trazabilidad, transparencia y responsabilidad desde el origen del producto hasta su destino final. Esto ha convertido a la tecnología —desde plataformas de datos hasta inteligencia artificial— en un aliado clave, pero también ha puesto sobre la mesa una verdad incómoda: sin gobernanza, los datos no sirven; sin cultura organizacional, la tecnología no transforma.

Otro cruce evidente es el capital humano. En ambos mercados, las empresas compiten por talento que busca algo más que salario: propósito, balance vida - trabajo y coherencia entre lo que la organización dice y lo que hace. Retener personas se ha vuelto un tema financiero, no solo cultural. La rotación cuesta. Y cuesta más cuando se pierde conocimiento crítico.

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Pero quizá el cambio más interesante es que el ESG ya no se construye en solitario. Las empresas que están logrando ventajas reales no son las que lanzan programas aislados, sino las que entienden que la sostenibilidad es un ejercicio colectivo. Están transformando relaciones tradicionales cliente-proveedor en esquemas de desarrollo compartido: capacitación conjunta, transferencia de mejores prácticas operativas, sistemas de compliance integrados y hasta fondos compartidos para enfrentar riesgos climáticos.

Este tipo de colaboración tiene un efecto estratégico: distribuye costos, acelera aprendizajes y eleva el estándar de toda una industria. En lugar de competir solo en precio, se compite en resiliencia. Y esa es una ventaja difícil de replicar.

Desde mi perspectiva, la diferencia entre adoptar ESG y convertirlo en motor de crecimiento no está en la intención, sino en tres capacidades muy concretas. La primera es saber identificar qué temas realmente importan para el negocio. La segunda es desarrollar músculo organizacional para convertir esa estrategia en procesos operativos para convertir esa estrategia en procesos operativos formales y medibles. Y la tercera es entender que ningún actor puede hacerlo solo: la transición se vuelve viable cuando se comparte.

América Latina está frente a una ventana histórica. La relocalización de cadenas productivas puede ser una palanca de desarrollo o una oportunidad desperdiciada. Todo dependerá de si las empresas ven el ESG como un requisito externo o como un lenguaje estratégico para conectar con mercados globales, atraer capital y construir valor de largo plazo.

El futuro no se va a definir por quién publique el mejor informe, sino por quién logre operar bajo estas nuevas reglas con coherencia, velocidad y visión. La sostenibilidad ya no es un discurso moral. Es una decisión económica.

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El futuro no se espera: se diseña, se ejecuta y se lidera.

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Nota del editor: Gilda Franyutti se especializa en planeación estratégica y transformación organizacional, con enfoque en relaciones públicas, sostenibilidad y logística. Ha diseñado e implementado estrategias empresariales para organizaciones en México, Estados Unidos y África durante más de 20 años. Actualmente lidera procesos de optimización operativa y expansión comercial en Zebra Logistics. Maestra en Responsabilidad Social por la Universidad Anáhuac. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

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