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El valor central de la persona en la sostenibilidad empresarial

El verdadero punto de partida de cualquier estrategia de sostenibilidad no es la tecnología ni la regulación, sino la visión y los valores de quienes lideran la organización.
mar 21 abril 2026 06:03 AM
El valor central de la persona en la sostenibilidad empresarial
La innovación tiene un rostro humano, ya que las soluciones a los desafíos de sostenibilidad surgen de equipos capaces de cuestionar lo establecido, colaborar de manera interdisciplinaria y proponer nuevas formas de hacer las cosas, considera Jorge Reyes Iturbide. (Foto: iStock)

En el contexto actual, marcado por expectativas sociales y ambientales crecientes y una competencia global cada vez más intensa, la sostenibilidad empresarial ha dejado de ser un complemento reputacional para convertirse en un eje estratégico; sin embargo, en medio de métricas, reportes ESG y tecnologías emergentes, el factor humano es a menudo subestimado o dejado en un segundo nivel, cuando las personas deberían de ser el centro de la estrategia de sostenibilidad empresarial, al ser el elemento decisivo para darle sentido, dirección y viabilidad a largo plazo a las organizaciones.

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Hablar de sostenibilidad implica hablar de decisiones sobre cómo producir, cómo relacionarse con el entorno, cómo gestionar recursos y cómo equilibrar la rentabilidad con el impacto social y ambiental, entre otras decisiones que son tomadas por personas. Por ello, el verdadero punto de partida de cualquier estrategia de sostenibilidad no es la tecnología ni la regulación, sino la visión y los valores de quienes lideran la organización, ya que cuando la alta dirección comprende que la sostenibilidad no es un gasto sino una inversión en resiliencia y permanencia, se genera una transformación que permea toda la cultura organizacional.

De esta manera, el valor de la persona se manifiesta, en primer lugar, en su capacidad de dotar de sentido a la empresa, ya que, al lograr articular un propósito claro, centrado en la generación de valor compartido, se movilizan con mayor eficacia los equipos de trabajo y la organización fortalece su posicionamiento frente a sus grupos de interés. Este propósito no puede ser impuesto, sino que debe ser vivido y encarnado por líderes coherentes, capaces de alinear el discurso con la acción, y cuya integridad personal incida directamente en la credibilidad en materia de sostenibilidad de la organización.

Al mismo tiempo, la sostenibilidad se construye en la operación cotidiana, por lo que son los colaboradores quienes, a través de sus prácticas diarias, hacen realidad -o no- los compromisos corporativos, que pueden ir desde la eficiencia en el uso de recursos hasta la implementación de procesos más limpios o la relación ética con proveedores, por lo que cada acción cuenta. Y para ello, también la formación y el desarrollo del talento son elementos críticos, ya que no basta con establecer políticas y procedimientos, sino que es indispensable desarrollar competencias, fortalecer habilidades y, sobre todo, fomentar una mentalidad orientada a la responsabilidad personal y la mejora continua, donde el aprendizaje permanente se convierte en una ventaja competitiva.

Otro aspecto central es la dimensión ética, ya que la sostenibilidad empresarial implica enfrentar tensiones reales entre objetivos financieros de corto plazo y compromisos de largo plazo con la sociedad y el medio ambiente, lo cual no se resuelve únicamente con marcos normativos, sino con criterios éticos sólidos que guíen a las personas, quienes, en última instancia eligen entre alternativas, priorizan intereses y definen el rumbo de la organización en momentos críticos. Así, una cultura que promueve la integridad, la transparencia y la responsabilidad individual reduce riesgos reputacionales y fortalece la confianza.

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La innovación, por su parte, también tiene un rostro humano, ya que las soluciones a los desafíos de sostenibilidad —ya sea en economía circular, eficiencia energética o inclusión social— surgen de equipos capaces de cuestionar lo establecido, colaborar de manera interdisciplinaria y proponer nuevas formas de hacer las cosas. Por lo que fomentar espacios donde las personas puedan aportar ideas y experimentar sin temor al error es clave para impulsar una innovación verdaderamente sostenible; y es ahí, donde la diversidad de perspectivas y experiencias enriquece este proceso, permitiendo a las empresas adaptarse con mayor agilidad a entornos cambiantes.

Asimismo, no puede ignorarse el papel de las personas en la construcción de relaciones de confianza con los distintos grupos de interés, ya que la sostenibilidad no se logra de manera aislada, sino que requiere del diálogo, la escucha activa y la colaboración con clientes, comunidades, autoridades, aliados estratégicos, etc. Dichas relaciones se construyen a través de interacciones humanas concretas, a partir de la empatía, la capacidad de negociación y la sensibilidad social que difícilmente pueden ser sustituidas por un algoritmo o herramienta de inteligencia artificial.

Finalmente, el factor humano es el principal vehículo de legitimidad para la organización, ya que, al haber un mayor acceso a la información, se les exige mayor transparencia, y las incoherencias se detectan con mayor rapidez. Así, las empresas ya no son evaluadas únicamente por lo que dicen, sino por lo que hacen y, sobre todo, por cómo lo hacen.

En este contexto, poner a la persona en el centro no es solo una cuestión ética, sino una estrategia inteligente, ya que, en un mundo complejo e incierto, invertir en las personas es, sin duda, la decisión más sostenible, porque son las personas quienes definen el propósito, ejecutan la estrategia, enfrentan los dilemas, generan innovación y construyen relaciones de confianza con los grupos de interés.

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Vista de esta manera, la sostenibilidad empresarial no puede entenderse sin reconocer el valor intrínseco de la persona, y las organizaciones que asumen esta realidad y apuestan por desarrollar integralmente a su talento no solo avanzan en sus objetivos de sostenibilidad, sino que fortalecen su capacidad de adaptación y su competitividad a largo plazo.

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Nota del editor: Jorge Reyes Iturbide es especialista en responsabilidad social empresarial y desarrollo sostenible y desde hace 20 años ha trabajado para diversas empresas y organismos nacionales e internacionales en proyectos de investigación, consultoría, desarrollo de estándares y educación ejecutiva en la materia. Actualmente es Director de Empleabilidad en la Universidad Anáhuac México. Síguelo en X y LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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Opinión sostenibilidad Empresas Talento

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