Publicidad

Los números del Mundial más contaminante de la historia y su hipocresía climática

Para que este Mundial no pase a la historia como un fracaso ambiental monumental, la sostenibilidad debe dejar de ser un apéndice de relaciones públicas.
mar 05 mayo 2026 06:04 AM
Los números del Mundial más contaminante de la historia y su hipocresía climática
Mantener el césped de los estadios, las canchas de entrenamiento y abastecer la explosión en la demanda hídrica de la industria de la hospitalidad, ejercerá una presión insostenible sobre acuíferos que ya se encuentran al límite de su capacidad, apunta Pablo Necoechea . (ALFREDO ESTRELLA/AFP)

Ciento cuatro partidos. Cuarenta y ocho selecciones. Dieciséis ciudades distribuidas a lo largo de un subcontinente de más de 24 millones de kilómetros cuadrados. Los números detrás de la Copa del Mundo 2026 no solo delinean el evento deportivo más lucrativo de todos los tiempos, sino también, ineludiblemente, el más contaminante en la historia de la humanidad. Si Qatar 2022 —un torneo disputado en un radio logístico de apenas 50 kilómetros— generó una huella de carbono oficial de 3.6 millones de toneladas de CO2 (una cifra que organizaciones como Carbon Market Watch calificaron de severamente maquillada), la hiperdispersión geográfica de Norteamérica promete pulverizar cualquier récord. Detrás de la sofisticada retórica de sostenibilidad corporativa, se esconde un modelo de negocio que es inherentemente incompatible con la urgencia climática actual.

Publicidad

El núcleo de esta crisis sigue siendo la tiranía de la distancia. Trasladar a cerca de seis millones de aficionados, delegaciones técnicas y medios de comunicación entre sedes tan apartadas fuerza una dependencia masiva y casi exclusiva de la aviación comercial. Sin embargo, las emisiones atmosféricas son apenas la punta del iceberg de un desastre ecológico multifactorial. A la monstruosa huella de carbono del transporte aéreo se suma un problema físico y territorial agudo: el estrés hídrico. Gran parte de las sedes, especialmente en México y el suroeste de Estados Unidos, operan bajo niveles de escasez de agua de altos a extremos. Mantener el césped de los estadios, las canchas de entrenamiento y abastecer la explosión en la demanda hídrica de la industria de la hospitalidad, ejercerá una presión insostenible sobre acuíferos que ya se encuentran al límite de su capacidad.

A esto debemos sumar el tsunami logístico de los residuos sólidos urbanos. Un megaevento de esta naturaleza genera decenas de miles de toneladas de basura en tiempo récord, desde plásticos de un solo uso en los Fan Fests hasta el desperdicio masivo de alimentos en las zonas de hospitalidad corporativa. La infraestructura de gestión de residuos en muchas ciudades anfitrionas no está dimensionada para absorber este impacto súbito, amenazando con colapsar los rellenos sanitarios locales. Asimismo, el altísimo consumo energético requerido para la climatización de estadios y la operación de infraestructuras temporales eleva drásticamente la factura ambiental, trasladando las externalidades negativas directamente a las comunidades.

Frente a este creciente escrutinio global, la FIFA ha intentado mitigar el daño reputacional lanzando su marco de sostenibilidad. Las iniciativas institucionales se centran en exigir certificaciones de construcción ecológica (como el estándar LEED) para la infraestructura deportiva, la promesa de políticas de "cero residuos a vertederos" dentro del perímetro de los estadios y campañas para el uso de transporte público local. Para enfrentar el gran problema de las emisiones de Alcance 3 por vuelos internacionales, la estrategia oficial recae en promover el uso de Combustible Sostenible de Aviación (SAF) y estructurar programas masivos de compra de bonos de carbono para "compensar" el impacto.

No obstante, bajo la lupa del rigor ESG, estas iniciativas bordean peligrosamente el greenwashing. Confiar la supuesta neutralidad climática del torneo al SAF —una tecnología que hoy representa apenas el 0.2% de la producción global de combustible de aviación— es pensamiento mágico corporativo. Paralelamente, los mercados voluntarios de carbono enfrentan retos; comprar créditos forestales a miles de kilómetros de distancia no borra el impacto físico, térmico e hídrico que sufrirán las ciudades anfitrionas.

Publicidad

Para que este Mundial no pase a la historia como un fracaso ambiental monumental, la sostenibilidad debe dejar de ser un apéndice de relaciones públicas. El verdadero reto radica en la ejecución: integrar a las pequeñas y medianas empresas locales en cadenas de proveeduría verdaderamente circulares y auditables bajo estándares internacionales como SASB o las NIIF. Compensar a posteriori no es sinónimo de no contaminar. Mientras el diseño macro de estos eventos siga priorizando el gigantismo comercial sobre la prudencia ecológica, las iniciativas de mitigación serán apenas un espejismo en medio de la emergencia climática.eal de este Mundial será una crisis climática acelerada por nuestra propia complacencia corporativa.

_____

Nota del editor: Pablo Necoechea es experto en innovación, ESG y sostenibilidad empresarial. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

Publicidad

Publicidad