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El espejismo verde de la FIFA: el verdadero partido de la sustentabilidad en 2026

El triunfo más importante para México no será llegar al quinto partido, sino garantizar que la fiesta del futbol no se financie saqueando el capital natural.
mar 24 marzo 2026 06:03 AM
El espejismo verde de la FIFA: el verdadero partido de la sustentabilidad en 2026
El Mundial de 2026 es el escaparate perfecto para que México demuestre que el turismo deportivo y la alta rentabilidad pueden coexistir con el respeto al planeta, apunta Pablo Necoechea. (ULISES RUIZ/AFP)

La reciente noticia de que la FIFA se une a una campaña de sustentabilidad en México rumbo al Mundial 2026 suena, en el papel, a una victoria contundente. El máximo organismo del futbol busca alinear el gran evento con prácticas ecológicas en nuestras tres sedes. Sin embargo, en la crudeza de los negocios y bajo la estricta lupa de los criterios ESG (Ambientales, Sociales y de Gobernanza), las promesas de relaciones públicas no bastan. El verdadero partido no se jugará en la cancha, sino en la capacidad de las ciudades anfitrionas para mitigar el impacto ambiental de un evento que promete, para México, una derrama económica superior a los 3,000 millones de dólares, pero que amenaza con dejar una huella ecológica insostenible.

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Para el análisis del cruce entre los negocios, la gobernanza corporativa y el impacto social, los megaeventos deportivos ya no pueden evaluarse únicamente por la inyección de capital a corto plazo. Estamos hablando de un evento que detonará una derrama económica de cientos de millones de dólares, pero que trae consigo externalidades ambientales sistémicas. Aplaudir un comunicado de prensa es analíticamente ingenuo; la verdadera métrica de éxito es si el país tiene la capacidad institucional para integrar criterios ESG en su estrategia central, o si solo estamos ante un monumental ejercicio de greenwashing.

Si analizamos las tres sedes desde una óptica de gestión de riesgos y competitividad urbana, el panorama exige rigor. En Monterrey, el Estadio BBVA es frecuentemente citado como un caso de éxito por su diseño eficiente y sus certificaciones LEED. Sin embargo, desde una visión integral de negocios, la eficiencia de un activo aislado pierde relevancia si el ecosistema que lo rodea colapsa. Nuevo León enfrenta un estrés hídrico estructural severo. Prometer un torneo "verde" en una región donde el suministro de agua para la población y la industria local muestra vulnerabilidades constantes, exige respuestas operativas que trascienden la gestión de un recinto. Requiere un modelo de colaboración público-privada sin precedentes para garantizar que el evento no exacerbe la crisis de recursos.

Por su parte, el Estadio Akron en Guadalajara y el histórico Estadio Azteca, renombrado como Estado Banorte, en la Ciudad de México corren una carrera contrarreloj para obtener las certificaciones que exige la FIFA. En Jalisco, las metas de reducir la generación de basura en un 50% y modificar el césped para disminuir el consumo hídrico son pasos en la dirección correcta, pero insuficientes ante el reto de infraestructura que soporte la movilidad de cientos de miles de turistas. En la capital del país, la remodelación del Azteca se enfrenta a un monstruo mayor: una metrópoli que genera más de 13,000 toneladas de basura diarias y sufre crisis de calidad del aire y una movilidad insostenible que drena silenciosamente su productividad. Alcanzar certificaciones exigentes en un entorno de movilidad rebasado y con cadenas de valor fragmentadas, es un desafío mayúsculo de supply chain management. No basta con habilitar infraestructura temporal; se requiere rediseñar la logística de proveeduría, integrar a las pymes locales bajo estándares sostenibles y transformar radicalmente el traslado de cientos de miles de turistas.

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La campaña promovida por la FIFA parece, hasta el momento, caer en la trampa de la responsabilidad social tradicional: transferir la carga al consumidor final. Pedir a los aficionados que reciclen es necesario, pero estratégicamente insuficiente. El liderazgo empresarial exige que los organizadores, los grandes patrocinadores y los gobiernos asuman el costo de la innovación estructural. Las inversiones deben dirigirse a modernizar el transporte masivo, implementar auditorías rigurosas en la cadena turística y establecer contratos que exijan a los proveedores prácticas circulares auditables.

Ser críticos ante las campañas de la FIFA es una obligación. La sustentabilidad no se logra únicamente promoviendo el uso de vasos reutilizables o pidiendo a la afición que recoja su basura en las gradas. Eso es transferir la responsabilidad al consumidor final para lavar la cara de los organizadores. Si realmente queremos que el Mundial sea un catalizador de desarrollo, el enfoque debe ser radicalmente más sofisticado.

El Mundial de 2026 es el escaparate perfecto para que México demuestre que el turismo deportivo y la alta rentabilidad pueden coexistir con el respeto al planeta. El triunfo más importante para México no será llegar al quinto partido, sino garantizar que la fiesta del futbol no se financie saqueando el capital natural. El Mundial de 2026 es el caso de estudio definitivo para la alta dirección y los hacedores de política pública en México. Representa la oportunidad de demostrar a los mercados globales que nuestro ecosistema empresarial está preparado para gestionar proyectos complejos bajo el paradigma del capitalismo de stakeholders, generando alta rentabilidad sin depredar el entorno. Si la planeación estratégica falla, el legado no será una infraestructura de clase mundial, sino un pasivo ambiental que erosionará la competitividad de nuestras urbes.

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Nota del editor: Pablo Necoechea es experto en innovación, ESG y sostenibilidad empresarial. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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