Una meta climática empieza a tener peso real cuando pasa del reporte al presupuesto, de la declaración pública a la planeación operativa y de la intención general a decisiones concretas dentro de la empresa.
La descarbonización entra en una nueva etapa de exigencia empresarial
Durante los últimos años, muchas compañías avanzaron en esa dirección. Grandes empresas, grupos multinacionales y organizaciones medianas comenzaron a establecer objetivos de descarbonización, medir sus emisiones, ordenar información interna y comunicar compromisos para reducir su impacto climático. En muchos casos, estos compromisos ayudaron a instalar la descarbonización como parte de la estrategia empresarial, vinculada con riesgos, costos, eficiencia, acceso a mercados y expectativas de clientes e inversionistas.
Ese primer ciclo estuvo marcado por una rápida expansión. El número de empresas con metas climáticas creció de manera constante y cada nuevo anuncio parecía confirmar que la agenda climática ganaba terreno dentro del sector privado.
Además, para muchas organizaciones, establecer una meta fue el punto de partida para entender mejor su operación: cuánta energía consumen, de dónde vienen sus emisiones, qué proveedores concentran mayor impacto y qué cambios podrían ser necesarios para avanzar hacia modelos más bajos en carbono.
Ahora, el ritmo empieza a cambiar.
De acuerdo con el Third Annual State of Decarbonization Report de PwC, en 2025 el número de empresas que anunciaron nuevas metas de descarbonización creció 7%. La cifra contrasta con el crecimiento de 29% registrado en 2024 y de 45% en 2023. A primera vista, esto podría leerse como una pérdida de impulso.
Sin embargo, el propio análisis de PwC apunta hacia una lectura más matizada. Después de varios años de adopción acelerada, el grupo de grandes empresas públicas que todavía carece de metas climáticas se ha reducido de manera natural.
El cambio está en la calidad de las metas
El menor crecimiento en nuevos anuncios puede interpretarse de distintas formas. Una lectura rápida apuntaría a una desaceleración de la agenda climática empresarial. Pero los datos sugieren algo más complejo. La descarbonización corporativa está entrando en una etapa distinta, donde la calidad de los compromisos empieza a pesar más que el volumen de nuevos anuncios.
En los primeros años, el avance podía medirse por el número de empresas que se sumaban. Hoy, el análisis empieza a depender de la solidez de las metas, la claridad de las metodologías y la capacidad real para ejecutarlas.
PwC señala que, aunque el ritmo de nuevas metas se ha estabilizado, los compromisos son cada vez más rigurosos. Las empresas están pasando de objetivos generales de reducción de gases de efecto invernadero hacia metas más alineadas con la ciencia, aprobaciones de SBTi y compromisos de cero emisiones netas. En otras palabras, el estándar se está elevando.
Esto tiene implicaciones importantes. Una meta climática más rigurosa requiere mejores datos, inventarios de emisiones más sólidos, gobernanza interna, responsables definidos y una conexión clara con decisiones financieras y operativas. También exige que las empresas entiendan qué reducciones dependen de sus propias operaciones y cuáles requieren cambios en proveedores, productos, logística, energía o materiales.
Por ello, esta nueva etapa puede ser menos visible, aunque mucho más exigente. Anunciar una meta ayuda a marcar la dirección. Cumplirla requiere capacidades internas, presupuesto, seguimiento y coordinación entre áreas que muchas veces han trabajado por separado. Finanzas, compras, operaciones, sostenibilidad, legal, tecnología y cadena de suministro tendrán que participar de manera más integrada.
La ejecución será el nuevo filtro
Conforme los compromisos climáticos se vuelven más rigurosos, también aumenta la presión sobre la forma en que las empresas los gestionan. La descarbonización empieza a parecerse cada vez más a cualquier otra decisión estratégica relevante. Tene que competir por capital, demostrar beneficios, reducir riesgos y conectarse con el desempeño del negocio.
Esto representa un cambio importante frente a la primera ola de compromisos. En esa etapa, muchas empresas se enfocaron en definir ambiciones, comunicar metas y responder a expectativas externas. Ahora, el reto se mueve hacia la ejecución: cómo financiar los planes, cómo priorizar inversiones, cómo medir avances, cómo corregir desviaciones y cómo sostener los compromisos en un entorno de mayores costos, cambios regulatorios y presión sobre las cadenas de suministro.
Además, los estándares seguirán evolucionando. Las metodologías de medición serán más estrictas, la validación externa tendrá mayor peso y las afirmaciones climáticas estarán sujetas a mayor escrutinio. Esto obligará a muchas empresas a revisar sus metas, fortalecer sus datos o ajustar sus rutas de implementación.
En ese contexto, una meta climática débil puede convertirse en un riesgo. Puede generar expectativas que la empresa no está preparada para cumplir, abrir espacios para cuestionamientos o mostrar una brecha entre el discurso y la operación. En cambio, una meta bien construida puede ayudar a ordenar decisiones, orientar inversiones, mejorar eficiencia y preparar a la organización frente a una economía en transición.
La diferencia estará en la disciplina.
Las empresas que avancen con mayor solidez serán aquellas capaces de integrar sus compromisos climáticos en la planeación financiera, los ciclos de inversión, la gestión de proveedores, el diseño de productos y la toma de decisiones operativas. También serán aquellas que puedan explicar con claridad cómo la descarbonización contribuye a reducir exposición a riesgos, mejorar resiliencia y fortalecer su posición competitiva.
La presión se mueve hacia la cadena de valor
La descarbonización se está extendiendo más allá de las empresas más grandes.
El crecimiento en el establecimiento de metas en Asia y Oceanía es especialmente importante porque se trata de una región clave para muchas cadenas globales de suministro. Además, PwC identifica una caída en la mediana de ingresos de las empresas que establecen metas de Alcance 1 y 2, de 4.1 mil millones de dólares en 2020 a 1.1 mil millones en 2025. Esto sugiere que la presión climática está llegando a empresas de menor tamaño y a proveedores que forman parte de cadenas de valor más amplias.
Este punto ayuda a entender hacia dónde se mueve la agenda. Muchas grandes empresas concentran una parte significativa de sus emisiones fuera de sus operaciones directas. Por esa razón, están trasladando expectativas climáticas hacia sus proveedores, materiales, procesos productivos, transporte y uso de productos.
Para muchas compañías proveedoras, esto tendrá efectos comerciales concretos. Contar con información de emisiones, establecer metas, mejorar eficiencia energética o demostrar avances en descarbonización puede influir en la posibilidad de mantener clientes, participar en licitaciones o integrarse a cadenas globales más exigentes.
La primera etapa de la descarbonización empresarial estuvo marcada por el crecimiento en el número de compromisos. La siguiente estará definida por la calidad de esos compromisos, la capacidad de sostenerlos y la habilidad para convertirlos en decisiones medibles dentro del negocio.
Menos anuncios pueden indicar una transición hacia mayor madurez. La descarbonización entra en una fase donde el avance dependerá de datos, gobernanza, capital, proveedores y ejecución.
Una etapa menos ruidosa, pero mucho más importante para entender qué empresas están realmente preparadas para competir en una economía baja en carbono.
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Nota del editor: Antonio Vizcaya Abdo es consultor en distintas organizaciones y profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México enfocado en Sostenibilidad Corporativa. Reconocido por LinkedIn como Top Voice en Sostenibilidad. Síguelo en LinkedIn Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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