Macario Quezada tiene 74 años y toda su vida ha criado gallinas, cerdos y borregos en un rancho de traspatio en Temascalapa, Estado de México. No estudió zootecnia ni veterinaria,pero después de décadas entrando a corrales todas las mañanas aprendió a leer a sus animales con una precisión que ningún manual le enseñó. Sabe, por ejemplo, que cuando entra y los animales se apartan, algo anda mal. Por el contrario, cuando se acercan y se dejan tocar, se da cuenta de que están tranquilos, felices y eso, tarde o temprano, se traduce en más kilos.
La granja del futuro busca producir más con animales más sanos
En su día a día, Quezada notó que los animales con corrales más limpios, con sombra, agua fresca y sin hacinamiento, ganaban peso con mayor rapidez que los que estaban en condiciones precarias. Empezó entonces a invertir tiempo y dinero en mejorar el confort de sus animales, no solo modificó los corrales y la alimentación, también comenzó a darles paseos más largos y muy temprano para evitar el calor y el estrés. “Yo no sabía que eso se llamaba bienestar animal, para mí, nada más era sentido común, si tú tratas bien a un animal, el animal te lo regresa”, dice.
Con ese mismo principio trabajan grandes productoras, en las que el bienestar animal dejó de verse como un costo adicional y más bien se traduce en acceso a más mercados y mejora de la rentabilidad del negocio.
Kekén trabaja desde 2022 con Cloverleaf Animal Welfare Systems, una firma de auditoría y certificación en bienestar animal y actualmente tiene bajo ese programa 71 unidades productivas y tres plantas de procesamiento. La certificación evalúa instalaciones, manejo, bioseguridad, alojamiento, agua, alimento, registros sanitarios y protocolos de salud, y el primer diagnóstico que hacen los auditores es el mismo que hace Quezada. “Los inspectores entran al corral y revisan el comportamiento de los animales para hacer un primer diagnóstico del manejo de la granja”, dice Claudio Freixes, director general de Kekén.
La empresa, que produce, procesa y comercializa carne de cerdo, es reconocida a nivel internacional por su manejo en bienestar animal, pero no ha sido fácil ni barato. Entre las inversiones que ha realizado se encuentra, por ejemplo, la instalación de sistemas de ambiente controlado en las naves de engorda, con extractores en un extremo y paneles refrigerados por agua en el otro, que generan una baja de temperatura de alrededor de 10 grados en climas como el de Yucatán, donde se superan los 40 grados y donde la empresa tiene sus instalaciones. Ese control térmico, explica el directivo, representa hasta siete u ocho kilogramos adicionales de peso a la venta por animal frente a condiciones ambientales naturales.
“Todo esto representan grandes inversiones, pero hay un retorno. Un animal que tiene las condiciones ambientales adecuadas, que no está estresado porque no lo golpean, porque no lo maltratan, que está bien nutrido, que no tiene enfermedades, va a expresar todo su potencial genético. Por lo tanto, el bienestar animal está totalmente en línea con la rentabilidad de la empresa”, asegura Freixes.
La granja del futuro
En la década de los 80, dice el directivo, un cerdo lograba llegar a los 100 kilos en 200 días. Hoy en día, se consigue en 130. La mejora no se debe al uso de hormonas, sino a una combinación de genética, nutrición diferenciada y, cada vez más, de condiciones de bienestar que permiten que el animal crezca más rápido.
El sector es clave en la economía del país al aportar 2.3% del PIB nacional y dentro de la industria alimentaria es el que más contribuye, con 31.1% del total. En los últimos cinco años, el PIB de la industria cárnica aumentó 60%, de acuerdo con el Consejo Mexicano de la Carne.
Irma Egoavil, directora general de Zoetis México, la mayor empresa de salud animal a nivel mundial, sostiene que la clave de una producción de proteína sostenible pasa, de forma casi matemática, por la salud de los animales. “Solo ahí se logra la mayor productividad, porque los animales sanos van a necesitar menos recursos”, explica.
La compañía ha desarrollado diversas soluciones en ese camino, por ejemplo, cuentan con un equipo que permite vacunar a los pollos dentro del cascarón, antes de que nazcan, un sistema que además determina con el 99% de eficacia si un huevo será fértil o no.
“Esto reduce el estrés de los pollitos porque no los tienes que vacunar al nacer, evita la manipulación manual porque todo lo hace la máquina”, señala. La empresa también comercializa una alternativa a la castración física de los cerdos basada en inmunosupresión que mejora hasta en 3% la conversión alimenticia en machos y permite que las hembras ganen hasta tres kilos adicionales, al mismo tiempo que reduce el estrés y la manipulación.
En el sector lechero, la compañía ofrece pruebas genómicas a partir de una muestra de pelo en vacas Holstein recién nacidas, que permiten predecir su potencial productivo y de salud. “Hay un impacto incremental de al menos un 10% en la producción de leche cuando haces esta selección, y disminuye entre 40 y 44% la necesidad de antibióticos porque estás seleccionando animales más sanos. Esto también tiene un impacto en la emisión de metano, que disminuye hasta 10%”, dice Ergoavil.
Cómo medir el bienestar
Sin embargo, la directiva apunta que no existe todavía una escala universal para medir el bienestar animal de forma directa y que la manera en que la industria lo evalúa es a través del tiempo de crecimiento, alimento necesario por kilo de peso, mortalidad e índice de infecciones. Esos indicadores son especialmente importantes para los exportadores, como Kekén, pues en otros países la certificación de bienestar animal incide, de forma directa, en el precio de venta de la carne, explica la directiva de Zoetis.
Ernesto Domínguez, gerente de Digital Insights & Solutions de Cargill, quien coordina la relación de la compañía con Agriness, una plataforma digital de gestión de datos para granjas porcícolas con la que Cargill mantiene una alianza desde hace cinco años, explica que la empresa da seguimiento a indicadores compuestos, como el destete por hembra al año o la eficiencia alimenticia, lo que permite anticipar problemas antes de que se conviertan en pérdidas mayores.
Por ejemplo, un descenso inusual en el consumo de alimento es una señal que puede indicar el inicio de un brote de enfermedad y que, detectada a tiempo, permite identificar desviaciones y corregir el manejo de la granja antes de que alguna situación se agrave.
Cargill también usa información de cada granja para desarrollar soluciones de nutrición de precisión. Si el sistema detecta que un animal no está alcanzando el crecimiento esperado para su etapa, la fórmula se corrige de inmediato, en lugar de mantener una dieta estática durante todo el ciclo.
En cualquier explotación pecuaria, la alimentación es una de las variables más importantes. Genaro Santiago, vicepresidente de Ventas de Nutrición Animal de ADM México, estima que entre el 60 y el 70% del costo de producción está relacionado con el alimento, lo que lo convierte en el factor más determinante de la viabilidad económica.
El indicador central que utiliza la industria para medir ese desempeño es el factor de conversión, es decir, cuánta comida necesita un animal para producir un kilo de carne, leche o huevo. Cuanto menor sea esa cantidad, mayor es la eficiencia. Santiago cuenta que en peces, el factor de conversión pasó de alrededor de 1.6 a 1.1 kilos de alimento, como resultado de investigación y colaboración con productores.
Esta combinación de tecnología, nutrición y monitoreo también busca cambiar la percepción sobre la producción industrial de animales. El especialista dice que entre algunas personas persiste la imagen de granjas asociadas con suciedad y hacinamiento, pero señala que la realidad es distinta. “Para ingresar a las granjas existen protocolos estrictos de bioseguridad, hasta hay que bañarse a la entrada”, comenta.
Estas medidas forman parte de un sistema de prevención que pretende mantener a los animales sanos y reducir los riesgos dentro de la producción.
Además, existen normas oficiales que establecen el trato humanitario en la movilización de animales, con especificaciones sobre rampas, contenedores y vehículos que buscan reducir traumatismos. También están regulados los métodos permitidos para disminuir al máximo el dolor, el sufrimiento y el estrés durante el sacrificio. Estas normas son vigiladas por la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural a través del Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (Senasica) en coordinación con gobiernos estatales y municipales.
¿Al alcance de todos?
Si bien los grandes productores pueden invertir en tecnología, nutrición especializada, sistemas de monitoreo y certificaciones, para miles de pequeñas unidades familiares y de traspatio la adopción de estas herramientas implica costos y conocimientos que no siempre están al alcance.
Por eso, el siguiente paso no es solo elevar el estándar, sino hacer posible que más productores puedan alcanzarlo. En el caso de Kekén, trabaja en el desarrollo de pequeños y medianos productores. La empresa realiza parte de la engorda mediante aparceros, que son productores que construyen y operan sus propias granjas, mientras la compañía les proporciona los animales, el alimento y las especificaciones para la producción. Su remuneración está vinculada a la eficiencia con la que engordan cada lote. De acuerdo con Freixes, 22 sociedades de producción rural integradas por ejidatarios y campesinos que comenzaron a trabajar con la compañía hace décadas son ahora propietarias de sus propias granjas.
En el caso de ADM, la empresa colabora con distribuidores en programas dirigidos a pequeños productores de huevo, para que puedan mejorar la crianza y la alimentación de sus aves, cubrir el autoconsumo y comercializar los excedentes.
Para Santiago, el desafío está en equilibrar productividad, sostenibilidad y capacidad económica en un mercado en el que también aumenta la exigencia de que los alimentos se produzcan de manera responsable. La granja del futuro, asegura, no necesariamente será la más grande ni la que incorpore más tecnología, sino la que logre convertir el conocimiento en eficiencia, alimentar con mayor precisión, prevenir enfermedades y reducir desperdicios, como consiguió Quezada en su pequeño rancho del Estado de México. Especialmente, a medida que aumente la demanda de proteína y se reduzcan los recursos disponibles para producirla.