"La sostenibilidad la entendemos como el balance entre la responsabilidad ambiental, el desempeño laboral y el compromiso social", dice Serratos.
Lafayette fabrica alrededor de 22,000 kilómetros de tela al año en un complejo industrial de más de 80,000 metros cuadrados, donde concentra los procesos de hilatura, tejeduría y acabados. Esa integración le permite controlar la trazabilidad de la materia prima y aplicar medidas ambientales a lo largo de toda la cadena de producción.
Entre esas medidas destaca el tratamiento del 100% del agua residual generada en la planta y la reutilización de 82% de ese volumen dentro de los propios procesos industriales. Además, la empresa opera el mayor techo solar de la industria textil colombiana, integrado por más de 10,000 paneles fotovoltaicos, con los que genera alrededor de 7% de la energía que consume la fábrica.
De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), la industria textil y de la moda representa entre 2% y 8% de las emisiones mundiales de carbono y consume alrededor de 215 billones de litros de agua al año. Al mismo tiempo, menos de 1% de las prendas se reciclan para fabricar nuevos textiles.
Por ello, Lafayette ha concentrado parte de su estrategia de innovación en desarrollar materiales con menor impacto ambiental. Uno de ellos son telas elaboradas completamente con hilos reciclados provenientes de botellas de PET y otro corresponde a textiles biodegradables que, según Serratos, pueden degradarse hasta en 75% en menos de tres años cuando terminan en vertederos.
Sin embargo, la directiva reconoce que el objetivo de largo plazo va más allá del reciclaje de envases plásticos. La empresa trabaja en un proyecto piloto para reincorporar residuos textiles industriales como materia prima para fabricar nuevas telas.
"Lo ideal es que ese producto textil que ya está en el mercado pueda volver al ciclo de vida. Ese es el reto del mundo y todavía no está inventado", comenta Serratos. Actualmente, el proyecto utiliza una mezcla compuesta por 80% de PET reciclado y 20% de residuos textiles, aunque la meta consiste en invertir gradualmente esa proporción hasta llegar a textiles elaborados completamente a partir de fibras recuperadas.
Ese enfoque coincide con las recomendaciones de la Fundación Ellen MacArthur, que plantea que la transición hacia una economía circular requiere diseñar productos que permanezcan en uso durante más tiempo y que, una vez concluida su vida útil, puedan convertirse nuevamente en materia prima.