La principal causa identificada en México es que los alimentos se descomponen antes de ser utilizados: 56.7% de los participantes señaló esta razón. A nivel regional, el estudio de Cheaf destaca que también aparecen factores como cocinar más de lo necesario, dejar que los productos lleguen a su fecha de vencimiento y olvidar que fueron comprados.
El desperdicio puede presentarse incluso cuando existe cierta planeación. En México, 18.1% de las personas participantes señaló que planea al menos parte de sus comidas semanales. Al mismo tiempo, 39.4% reconoció que las promociones de 2x1 pueden llevarle a comprar más alimentos de los necesarios.
Para reducir estas pérdidas, la directora de la Red BAMX recomienda revisar qué alimentos ya existen en casa antes de comprar, planear las comidas y adquirir únicamente las cantidades que realmente serán utilizadas. También es importante conocer las técnicas de conservación y aprovechar los alimentos antes de que pierdan sus condiciones óptimas.
“Prácticamente todos los alimentos pueden ser congelados. Si compré alimentos de más, por ejemplo jitomate, puedo licuarlo, dejar que se enfríe y congelarlo para utilizarlo después. Lo mismo podemos hacer con otros alimentos antes de que terminen en la basura”, señala Jiménez.
En el campo y la distribución, la BAMX identifica factores como la sobreproducción, la caída de los precios, la falta de tecnificación, problemas en la cadena de frío, caminos intransitables e inseguridad. En la industria también influyen los cambios de etiquetado, las modificaciones en los empaques y los daños durante el embalaje.
Para Cheaf, el desafío es pasar de reconocer el problema a modificar las prácticas que lo generan, pues en México los datos muestran que una proporción importante de los consumidores identifica el impacto ambiental del desperdicio, pero también que una parte considerable continúa desechando alimentos cada semana.
Para Jiménez, modificar esta situación requiere dejar de considerar el desperdicio como una práctica cotidiana. Cada alimento que termina en la basura representa no solo el producto que no fue consumido, sino también los recursos empleados para producirlo, transportarlo y comercializarlo.
“Debemos de dejar de normalizar el desperdicio como un lugar común de nuestros hábitos de consumo. Creo que la normalización y la visibilización del problema es lo que ha generado que de alguna manera se sigan dando estas cifras”, comenta.