Ante ello, las decisiones cotidianas sobre qué comer, cuánto y cómo se producen los alimentos tienen un peso ambiental comparable al del transporte o la energía en los hogares. Luis Dorado, especialista en nutrición clínica, explica que la alimentación está estrechamente vinculada tanto a la huella de carbono como a la huella hídrica. El especialista coincide en que la producción de carne, en particular, requiere grandes extensiones de tierra, altos volúmenes de agua y genera emisiones relevantes a lo largo de toda su cadena de suministro.
Las organizaciones internacionales destacan el ejemplo de la producción de carne bovina que tarda en promedio tres años en obtener unos 200 kilogramos (kg) de carne deshuesada. En ese tiempo consume 1,300 kg de granos, 7,200 kg de forrajes y 31 m3 de agua para beber y mantenimiento, es decir, por cada kilo de carne se usan 6.5 kg de grano, 36 kg de forraje y 155 litros de agua directa, a lo que se suman 15,300 litros empleados en producir su alimento.
Sin embargo, Dorado aclara que no se trata de eliminar por completo ciertos alimentos, sino de moderar cantidades y frecuencias, y de ser más conscientes del origen y el procesamiento de lo que se consume. Reducir algunos días a la semana la ingesta de proteína animal y sustituirla por leguminosas o cereales tradicionales puede marcar una diferencia medible.
“Pequeños ajustes pueden generar cambios relevantes. Reducir el consumo de carne algunos días a la semana, priorizar alimentos de temporada y elegir productos locales acorta las cadenas de suministro y disminuye la huella ecológica. Los alimentos de temporada también minimizan el impacto ambiental. Producir frutas, verduras o proteínas fuera de su temporada natural requiere más procesos, más energía y más recursos, y eso impacta directamente al medio ambiente”, apunta Dorado.
Frente a este escenario, organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) han impulsado el concepto de "dieta planetaria", un modelo que busca reducir la presión sobre el medio ambiente sin comprometer la nutrición. Para el especialista, esto no implica eliminar por completo ciertos alimentos, sino repensar su consumo.
El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) coincide en que comer mejor no significa únicamente cambiar productos, sino adoptar patrones de consumo más conscientes. De acuerdo con sus análisis, si las dietas actuales en países de ingresos medios y altos se alinearan con estas recomendaciones, las emisiones asociadas a la alimentación podrían reducirse en las próximas décadas.
Otros organismos internacionales como el Banco Mundial subrayan que transitar hacia dietas más equilibradas, con mayor presencia de alimentos de origen vegetal, puede reducir de forma significativa el impacto ambiental de la alimentación sin comprometer la nutrición. En un análisis publicado por la institución, se destaca que dietas basadas en frutas, verduras, granos enteros y proteínas vegetales no solo generan menos emisiones, sino que también contribuyen a prevenir enfermedades no transmisibles, como diabetes tipo 2 y padecimientos cardiovasculares, que representan una carga creciente para los sistemas de salud.