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Una mejor alimentación puede ayudar a luchar contra el cambio climático

Las decisiones alimentarias que tienen a diario las personas influyen en emisiones de CO2, uso de agua y residuos; pequeños cambios en la dieta pueden reducir la huella ambiental.
vie 30 enero 2026 05:55 AM
dieta y sostenibilidad
El sistema alimentario concentra una parte relevante de las emisiones globales y presiona cada vez más a los recursos hídricos, mejorar la alimentación deja de ser solo una decisión individual o un objetivo de salud. (Mariia Vitkovska/Getty Images)

Mejorar la alimentación no solo tiene efectos positivos en la salud de las personas, también es una palanca relevante para reducir la huella ecológica individual. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), los sistemas alimentarios son responsables de alrededor de un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, además de concentrar una alta presión sobre el suelo, el agua y la biodiversidad.

El consumo de agua también juega un factor importante en el impacto ecológico de las personas a la hora de elegir alimentos. En México, el 86% del consumo de agua de una persona proviene de sus alimentos y bebidas, además que es responsable de casi dos toneladas emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), según datos de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader) y la International Journal of Life Cycle Assessment.

Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), los sectores que se dedican a la cría, manejo y explotación de animales para la producción de carne, leche, huevo, pieles, miel y otros derivados genera cerca del 14.5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, principalmente por la fermentación entérica del ganado, el uso de fertilizantes y el cambio de uso de suelo.

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Ante ello, las decisiones cotidianas sobre qué comer, cuánto y cómo se producen los alimentos tienen un peso ambiental comparable al del transporte o la energía en los hogares. Luis Dorado, especialista en nutrición clínica, explica que la alimentación está estrechamente vinculada tanto a la huella de carbono como a la huella hídrica. El especialista coincide en que la producción de carne, en particular, requiere grandes extensiones de tierra, altos volúmenes de agua y genera emisiones relevantes a lo largo de toda su cadena de suministro.

Las organizaciones internacionales destacan el ejemplo de la producción de carne bovina que tarda en promedio tres años en obtener unos 200 kilogramos (kg) de carne deshuesada. En ese tiempo consume 1,300 kg de granos, 7,200 kg de forrajes y 31 m3 de agua para beber y mantenimiento, es decir, por cada kilo de carne se usan 6.5 kg de grano, 36 kg de forraje y 155 litros de agua directa, a lo que se suman 15,300 litros empleados en producir su alimento.

Sin embargo, Dorado aclara que no se trata de eliminar por completo ciertos alimentos, sino de moderar cantidades y frecuencias, y de ser más conscientes del origen y el procesamiento de lo que se consume. Reducir algunos días a la semana la ingesta de proteína animal y sustituirla por leguminosas o cereales tradicionales puede marcar una diferencia medible.

“Pequeños ajustes pueden generar cambios relevantes. Reducir el consumo de carne algunos días a la semana, priorizar alimentos de temporada y elegir productos locales acorta las cadenas de suministro y disminuye la huella ecológica. Los alimentos de temporada también minimizan el impacto ambiental. Producir frutas, verduras o proteínas fuera de su temporada natural requiere más procesos, más energía y más recursos, y eso impacta directamente al medio ambiente”, apunta Dorado.

Frente a este escenario, organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) han impulsado el concepto de "dieta planetaria", un modelo que busca reducir la presión sobre el medio ambiente sin comprometer la nutrición. Para el especialista, esto no implica eliminar por completo ciertos alimentos, sino repensar su consumo.

El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) coincide en que comer mejor no significa únicamente cambiar productos, sino adoptar patrones de consumo más conscientes. De acuerdo con sus análisis, si las dietas actuales en países de ingresos medios y altos se alinearan con estas recomendaciones, las emisiones asociadas a la alimentación podrían reducirse en las próximas décadas.

Otros organismos internacionales como el Banco Mundial subrayan que transitar hacia dietas más equilibradas, con mayor presencia de alimentos de origen vegetal, puede reducir de forma significativa el impacto ambiental de la alimentación sin comprometer la nutrición. En un análisis publicado por la institución, se destaca que dietas basadas en frutas, verduras, granos enteros y proteínas vegetales no solo generan menos emisiones, sino que también contribuyen a prevenir enfermedades no transmisibles, como diabetes tipo 2 y padecimientos cardiovasculares, que representan una carga creciente para los sistemas de salud.

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La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) también ha advertido que el desperdicio de alimentos amplifica la huella ecológica del sistema alimentario. A nivel global, alrededor del 30% de los alimentos producidos se pierde o desperdicia, lo que implica que una parte considerable de las emisiones, el agua y la energía utilizados en su producción se generan sin ningún beneficio social. Reducir el desperdicio en los hogares, planificar mejor las compras y aprovechar los alimentos disponibles son medidas que complementan una dieta más sostenible.

“Cada vez que vas al súper, ponte a pensar todo lo que sucedió para que ese producto llegara a tus manos y a dónde va a terminar después. Todos esos procesos requieren recursos. Si además compras más de lo que necesitas, ese desperdicio genera todavía más impacto”, explica el especialista en nutrición clínica.

Los diferentes organismos internacionales y especialistas en nutrición destacan que el consumidor juega un papel clave, pues al generar una mayor demanda de alimentos sostenibles envía señales al mercado para transformar las prácticas agrícolas, incentivar la producción con menor uso de agroquímicos y promover esquemas de economía circular en el sector agroalimentario.

En un contexto en el que el sistema alimentario concentra una parte relevante de las emisiones globales y presiona cada vez más a los recursos hídricos, mejorar la alimentación deja de ser solo una decisión individual o un objetivo de salud. Se convierte en una acción cotidiana con implicaciones ambientales y sociales.

Para el Dr. Luis Dorado, el reducir el desperdicio, replantear el consumo de carne y priorizar alimentos locales y frescos no resolverá por sí solo la crisis climática, pero sí puede disminuir una huella que hoy resulta insostenible.

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