Su valor es mucho mayor de lo que solemos imaginar. De acuerdo con Naciones Unidas, el 95% de la producción mundial de alimentos depende directamente de la salud de los suelos. Sin embargo, la degradación acumulada de este recurso podría representar pérdidas económicas por hasta 23 billones de dólares hacia 2050 . La tendencia es clara, ya que cada año se pierden 100 millones de hectáreas de tierra sana en todo el mundo debido a la desertificación, lo que equivale a poco más de la mitad de la superficie de México. Detrás de estas cifras hay algo mucho más tangible: alimentos más caros y menos nutritivos, comunidades más vulnerables y territorios cada vez menos capaces de adaptarse a un clima cambiante.
Décadas de prácticas agrícolas convencionales, la expansión desordenada del uso del suelo, la deforestación y el sobrepastoreo han deteriorado la capacidad natural de los ecosistemas para regenerarse. Las consecuencias ya son visibles: la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que, si no modificamos la trayectoria actual, la erosión de los suelos podría reducir hasta 10% el rendimiento de los cultivos hacia 2050 .
Pero este problema no ocurre de manera aislada. Hoy se superpone con una crisis climática cada vez más intensa. De acuerdo con organizaciones como el World Resources Institute (WRI) los efectos de fenómenos como El Niño están aumentando la frecuencia y severidad de sequías, olas de calor, lluvias extremas e inundaciones en distintas partes del planeta, México siendo una de ellas. Cuando estos eventos ocurren sobre territorios cuyos suelos ya se encuentran degradados, sus consecuencias se multiplican. Lo ratifica la FAO : Los suelos erosionados retienen menos agua, pierden capacidad de absorción y son más vulnerables a huracanes, la desertificación y las inundaciones.
México conoce bien esta realidad. De acuerdo con Conagua, aproximadamente el 66% del territorio nacional se clasifica como árido o semiárido , lo que hace que grandes porciones del país sean altamente vulnerables al estrés hídrico y a la variabilidad climática. En el noroeste del país, donde la disponibilidad de agua representa un desafío estructural, la salud de los suelos se ha convertido en un componente inseparable de la resiliencia de las comunidades, de la producción de alimentos y de la estabilidad económica local.
Sin embargo, sería un error responsabilizar exclusivamente a quienes trabajan la tierra. La agricultura y la ganadería sostienen la seguridad alimentaria, la economía y el bienestar de millones de personas, pero también se encuentran entre las actividades más expuestas a los efectos de la degradación de los suelos y la crisis climática. Muchos productores operan bajo condiciones de alta incertidumbre y con acceso limitado a financiamiento, tecnología y acompañamiento técnico para adoptar nuevas prácticas productivas. La transición, por tanto, no depende únicamente de la voluntad individual, sino de crear las condiciones para que las soluciones sean viables, accesibles y escalables.