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De la conservación a la regeneración, repensar el futuro de nuestros suelos

La degradación del suelo ya no es solo un problema ambiental. Se ha convertido en un riesgo para la seguridad alimentaria, la disponibilidad de agua y la resiliencia económica de regiones enteras.
agricultura y cambio climatico
Para la mayoría de los cultivos los rendimientos comienzan a disminuir por encima de los 30 °C, incluso antes en el caso de las papas o la cebada. (piyaset/Getty Images)

Hay una crisis silenciosa ocurriendo bajo nuestros pies. Una que rara vez nos encontramos, pero que determina la calidad del agua que consumimos, la capacidad de producir alimentos limpios y nutritivos, la resiliencia de nuestros ecosistemas ante catástrofes naturales y el bienestar de millones de personas .

En el marco del Día Internacional de la Conservación del Suelo, merece la pena recordar que el suelo es la base de nuestras sociedades antes de que los efectos de su degradación se vuelvan imposibles de ignorar. La degradación del suelo ya no es solamente un problema ambiental. Se ha convertido en un riesgo para la seguridad alimentaria, la disponibilidad de agua y la resiliencia económica de regiones enteras. Por eso resulta urgente acelerar modelos productivos capaces no solo de reducir el daño, sino de regenerar los territorios de los que depende nuestro bienestar.

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Su valor es mucho mayor de lo que solemos imaginar. De acuerdo con Naciones Unidas, el 95% de la producción mundial de alimentos depende directamente de la salud de los suelos. Sin embargo, la degradación acumulada de este recurso podría representar pérdidas económicas por hasta 23 billones de dólares hacia 2050 . La tendencia es clara, ya que cada año se pierden 100 millones de hectáreas de tierra sana en todo el mundo debido a la desertificación, lo que equivale a poco más de la mitad de la superficie de México. Detrás de estas cifras hay algo mucho más tangible: alimentos más caros y menos nutritivos, comunidades más vulnerables y territorios cada vez menos capaces de adaptarse a un clima cambiante.

Décadas de prácticas agrícolas convencionales, la expansión desordenada del uso del suelo, la deforestación y el sobrepastoreo han deteriorado la capacidad natural de los ecosistemas para regenerarse. Las consecuencias ya son visibles: la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que, si no modificamos la trayectoria actual, la erosión de los suelos podría reducir hasta 10% el rendimiento de los cultivos hacia 2050 .

Pero este problema no ocurre de manera aislada. Hoy se superpone con una crisis climática cada vez más intensa. De acuerdo con organizaciones como el World Resources Institute (WRI) los efectos de fenómenos como El Niño están aumentando la frecuencia y severidad de sequías, olas de calor, lluvias extremas e inundaciones en distintas partes del planeta, México siendo una de ellas. Cuando estos eventos ocurren sobre territorios cuyos suelos ya se encuentran degradados, sus consecuencias se multiplican. Lo ratifica la FAO : Los suelos erosionados retienen menos agua, pierden capacidad de absorción y son más vulnerables a huracanes, la desertificación y las inundaciones.

México conoce bien esta realidad. De acuerdo con Conagua, aproximadamente el 66% del territorio nacional se clasifica como árido o semiárido , lo que hace que grandes porciones del país sean altamente vulnerables al estrés hídrico y a la variabilidad climática. En el noroeste del país, donde la disponibilidad de agua representa un desafío estructural, la salud de los suelos se ha convertido en un componente inseparable de la resiliencia de las comunidades, de la producción de alimentos y de la estabilidad económica local.

Sin embargo, sería un error responsabilizar exclusivamente a quienes trabajan la tierra. La agricultura y la ganadería sostienen la seguridad alimentaria, la economía y el bienestar de millones de personas, pero también se encuentran entre las actividades más expuestas a los efectos de la degradación de los suelos y la crisis climática. Muchos productores operan bajo condiciones de alta incertidumbre y con acceso limitado a financiamiento, tecnología y acompañamiento técnico para adoptar nuevas prácticas productivas. La transición, por tanto, no depende únicamente de la voluntad individual, sino de crear las condiciones para que las soluciones sean viables, accesibles y escalables.

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Aquí es donde adquieren relevancia enfoques como los paisajes (re)generativos. En términos prácticos, esto significa producir alimentos mientras se recupera la fertilidad del suelo, se mejora la infiltración y retención de agua, se fortalece la biodiversidad y se incrementa la resiliencia de las comunidades frente a eventos climáticos extremos. Esto implica promover modelos agrícolas y ganaderos que restauren la salud de los suelos, aumenten la biodiversidad, mejoren la infiltración y retención de agua, reduzcan la dependencia de insumos externos y fortalezcan la productividad y la resiliencia de los territorios en el largo plazo.

La experiencia demuestra que estas soluciones no pertenecen al futuro; ya están siendo implementadas en distintos territorios del país. En regiones como el Golfo de California, y los pastizales del estado de Chihuahua, las iniciativas de manejo regenerativo han comenzado a demostrar que es posible restaurar ecosistemas frente a un clima cada vez más incierto.

Ahora nos toca acelerar su adopción, democratizar su acceso y construir lazos que nos permitan llevarlas a los territorios donde pueden generar el mayor impacto. Al final, no se trata de dejar de producir, sino de producir de una manera que permita regenerar los recursos de los que depende nuestra propia capacidad de seguir haciéndolo.

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Nota del editor: Alejandro Carrillo es Ganadero Regenerativo, Rancho Las Damas; José Manuel Pérez Cantú es Gerente General de Rancho Cacachilas. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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Opinión Política ambiental Protección al medio ambiente

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