Durante los últimos días, las imágenes de Europa han dado la vuelta al mundo. Calles vacías bajo temperaturas récord, escuelas cerradas, trabajadores modificando sus horarios, hospitales bajo presión y millones de personas buscando cómo protegerse del calor. Francia, Reino Unido, España, Italia y otros países atraviesan una de las primeras grandes olas de calor del verano, mientras los récords de temperatura continúan cayendo. El saldo ya incluye pérdidas humanas, afectaciones a la infraestructura, interrupciones en el transporte, presión sobre los sistemas eléctricos y un impacto económico que comienza a extenderse a distintos sectores.
Las ciudades fueron construidas para un clima que ya no existe
Más allá de las cifras, esta situación deja una conclusión difícil de ignorar. La mayoría de las ciudades fueron construidas para un clima que ya no existe.
Durante décadas, la planeación urbana asumió que el clima sería relativamente estable. Las calles, los edificios, las áreas verdes, los sistemas de drenaje, las redes eléctricas e incluso los códigos de construcción respondían a patrones históricos que parecían permanentes. Hoy ese supuesto dejó de ser válido. Mientras el clima cambia con rapidez, las ciudades continúan operando con infraestructura diseñada para una realidad distinta.
Cada nueva ola de calor hace más evidente esa brecha. El concreto y el asfalto almacenan calor durante el día y lo liberan por la noche, elevando todavía más la temperatura en las zonas urbanas. Muchos edificios retienen el calor durante horas. La demanda de electricidad aumenta conforme millones de personas encienden equipos de aire acondicionado. Hospitales reciben más pacientes, el transporte enfrenta interrupciones y miles de trabajadores ven modificadas sus jornadas para reducir los riesgos asociados a las altas temperaturas.
El calor está poniendo a prueba a las ciudades
El verdadero problema no es que un día el termómetro marque 40 grados. El problema es que las ciudades completas empiezan a perder capacidad para operar con normalidad.
Cuando una red eléctrica trabaja al límite, cuando las escuelas deben cerrar, cuando los hospitales reciben una presión extraordinaria o cuando parte de la fuerza laboral reduce su actividad por razones de seguridad, el calor deja de ser únicamente un asunto ambiental. Se convierte en un desafío para la economía, la productividad, la salud pública y la continuidad de los servicios urbanos.
Las empresas también comienzan a resentir estos efectos. Aumentan los costos de operación, disminuye la productividad, aparecen interrupciones logísticas y crece la exposición a riesgos que hace apenas unos años parecían excepcionales. Las ciudades concentran talento, infraestructura, inversión y actividad económica. Cuando una ciudad deja de funcionar con normalidad, las consecuencias alcanzan prácticamente todos los sectores.
A pesar de ello, muchas de las respuestas siguen siendo reactivas. Se abren centros de enfriamiento, se modifican horarios laborales, se suspenden actividades escolares y se instala una mayor cantidad de equipos de aire acondicionado. Todas son decisiones necesarias para responder a una emergencia inmediata. Sin embargo, ninguna cambia las condiciones que hacen que las ciudades sean tan vulnerables frente al calor extremo.
De hecho, una dependencia creciente del aire acondicionado también incrementa el consumo de electricidad precisamente durante los momentos de mayor demanda, generando nuevas presiones sobre la infraestructura energética.
Adaptar las ciudades debe convertirse en una prioridad
La adaptación climática necesita ocupar un lugar mucho más importante dentro de la planeación urbana. Si durante los últimos años gran parte de la conversación se concentró en reducir emisiones, hoy también resulta indispensable preparar a las ciudades para convivir con condiciones climáticas que ya forman parte de la realidad.
Eso implica invertir en infraestructura verde, aumentar el arbolado urbano, recuperar espacios naturales, incorporar materiales que reduzcan la acumulación de calor, fortalecer las redes eléctricas, actualizar los códigos de construcción y diseñar espacios públicos capaces de ofrecer mejores condiciones durante episodios de temperaturas extremas. También implica proteger a las poblaciones más vulnerables y asegurar que hospitales, escuelas y sistemas de transporte puedan seguir operando cuando el clima alcance niveles críticos.
Al mismo tiempo, la planeación necesita ampliar su horizonte. La infraestructura que se construye hoy permanecerá durante los próximos treinta o cuarenta años. Diseñar una avenida, una vivienda o un desarrollo urbano utilizando únicamente las condiciones climáticas del pasado representa un riesgo creciente. Cada nueva inversión debería considerar el clima que probablemente enfrentará dentro de diez, veinte o treinta años.
Esta conversación tampoco corresponde únicamente a los gobiernos. El sector privado depende de ciudades funcionales para mantener operaciones, atraer talento, mover mercancías y garantizar la continuidad del negocio. La adaptación urbana también forma parte de la gestión del riesgo y de la competitividad económica. Cuanto más resiliente sea una ciudad, mayor será su capacidad para proteger su actividad productiva frente a fenómenos cada vez más frecuentes.
Lo que hoy ocurre en Europa representa una advertencia para el resto del mundo. Las olas de calor serán más frecuentes, más intensas y más prolongadas. La evidencia científica apunta en esa dirección y las ciudades ya están comenzando a experimentarlo.
La pregunta ya no es si volveremos a enfrentar episodios como el actual. La verdadera decisión consiste en determinar qué tan preparadas estarán nuestras ciudades cuando lleguen los siguientes.
La resiliencia urbana será uno de los principales factores que definirán la calidad de vida, la competitividad y la fortaleza económica durante las próximas décadas. El clima ya cambió. Ahora corresponde transformar ciudades que siguen respondiendo a una realidad que quedó atrás.
Esta conversación tampoco corresponde únicamente a los gobiernos. El sector privado depende de ciudades funcionales para mantener operaciones, atraer talento, mover mercancías y garantizar la continuidad del negocio. La adaptación urbana también forma parte de la gestión del riesgo y de la competitividad económica. Cuanto más resiliente sea una ciudad, mayor será su capacidad para proteger su actividad productiva frente a fenómenos cada vez más frecuentes.
Lo que hoy ocurre en Europa representa una advertencia para el resto del mundo. Las olas de calor serán más frecuentes, más intensas y más prolongadas. La evidencia científica apunta en esa dirección y las ciudades ya están comenzando a experimentarlo.
La pregunta ya no es si volveremos a enfrentar episodios como el actual. La verdadera decisión consiste en determinar qué tan preparadas estarán nuestras ciudades cuando lleguen los siguientes.
La resiliencia urbana será uno de los principales factores que definirán la calidad de vida, la competitividad y la fortaleza económica durante las próximas décadas. El clima ya cambió. Ahora corresponde transformar ciudades que siguen respondiendo a una realidad que quedó atrás.
Nota del editor: Antonio Vizcaya Abdo es consultor en distintas organizaciones y profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México enfocado en Sostenibilidad Corporativa. Reconocido por LinkedIn como Top Voice en Sostenibilidad. Síguelo en LinkedIn Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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