Si una empresa estudia una inversión de varios millones de dólares para transformar un proceso industrial y continuar emitiendo apenas añade un costo marginal a sus operaciones, el precio al carbono tendrá poco peso en el análisis financiero.
En ese escenario, la inversión tendrá que justificarse principalmente por otros factores, como ahorro energético, productividad, regulación futura o reducción de riesgos.
Cuando la señal económica aumenta, algunos cálculos pueden cambiar. Determinadas inversiones recuperan capital en menos tiempo, algunas tecnologías bajas en carbono mejoran su posición frente a alternativas convencionales y mantener activos intensivos en emisiones puede resultar progresivamente más costoso.
Cuánto cuesta emitir será cada vez más importante
Ampliar la cobertura sigue siendo una prioridad. Pasar del 30% actual hacia porcentajes mucho mayores permitiría incorporar el costo asociado al carbono dentro de una parte más amplia de la actividad económica.
Acercarse eventualmente al 100% reduciría, además, los espacios en los que grandes volúmenes de CO₂ pueden generarse sin enfrentar ningún costo explícito.
Pero aumentar la cobertura será solamente una parte del trabajo.
También será necesario discutir cómo deben evolucionar los precios. Un valor demasiado bajo puede tener poca influencia sobre inversiones que determinarán las emisiones durante décadas. Un aumento demasiado rápido, por otra parte, puede generar impactos relevantes sobre consumidores, industrias y competitividad.
Por eso, el diseño de estos instrumentos importa. También importa la velocidad con la que evoluciona el precio, los sectores que quedan cubiertos, la forma en que se distribuyen los costos y el destino de los ingresos recaudados.
El 30% es un buen indicador de cuánto se ha expandido la fijación de precios al carbono durante los últimos años. Pero, conforme la cobertura siga creciendo, será cada vez más importante observar otra variable: el valor que realmente se está asignando a cada tonelada.
Después de una década en la que la proporción cubierta prácticamente se duplicó, la siguiente etapa debería analizarse también desde su capacidad para modificar decisiones económicas concretas.
Si el precio al carbono empieza a cambiar la selección de una tecnología, acelerar la renovación de un activo, mejorar el retorno de una inversión baja en emisiones o modificar una decisión de producción, entonces podremos observar con mucha mayor claridad el efecto real de estos instrumentos.
Esa será, probablemente, una medida mucho más útil de su avance.
Nota editorial: Antonio Vizcaya Abdo es consultor en distintas organizaciones y profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México enfocado en Sostenibilidad Corporativa. Reconocido por LinkedIn como Top Voice en Sostenibilidad. Síguelo en LinkedIn Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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