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Adaptarse al cambio climático es una decisión económica

El costo de los eventos extremos ya está entrando en la economía y no hacer nada frente al cambio climático podría reducir entre 3% y 15% el PIB per cápita mundial hacia 2050.
Restos de casas y auto en medio de inundaciones en España.
Una inundación puede interrumpir carreteras, cerrar instalaciones productivas y alterar el movimiento de mercancías durante semanas. (Foto: THOMAS COEX/AFP)

En los últimos años, el alcance de los fenómenos climáticos extremos ha hecho mucho más visible su dimensión económica. Las inundaciones recientes en Nepal, las olas de calor que han afectado distintas zonas de Europa, las sequías prolongadas, los incendios y las tormentas cada vez más severas están dejando consecuencias que se extienden hacia infraestructura, agricultura, productividad, cadenas de suministro, sistemas de salud y finanzas públicas. El daño físico sigue siendo la expresión más inmediata, pero cada evento termina generando una cadena de impactos que afecta tanto a empresas como a gobiernos y comunidades.

Esa relación empieza a entenderse mejor. Una ola de calor puede reducir las horas efectivas de trabajo y aumentar la demanda de energía. Una inundación puede interrumpir carreteras, cerrar instalaciones productivas y alterar el movimiento de mercancías durante semanas. Una sequía puede disminuir rendimientos agrícolas, presionar precios y aumentar la competencia por recursos hídricos. Al mismo tiempo, los gobiernos deben destinar recursos adicionales a emergencias, reconstrucción y protección social, muchas veces mientras enfrentan una menor actividad económica y, con ella, menor recaudación.

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Sin embargo, al analizar cuánto cuestan estos fenómenos, con frecuencia queda fuera una parte fundamental de la ecuación. Cuánto podría evitarse mediante inversiones previas en adaptación.

La pregunta adquiere mayor relevancia porque las condiciones climáticas de las próximas décadas difícilmente serán iguales a las actuales. Incluso bajo escenarios de reducción acelerada de emisiones, parte de los impactos derivados del calentamiento ya no puede evitarse. Además, las emisiones globales continúan en niveles que hacen necesario prepararse para riesgos físicos mayores y, en muchos casos, más frecuentes.

Un análisis publicado en 2026 por el Grantham Research Institute de la London School of Economics ayuda a dimensionar la magnitud económica de esta exposición. A partir de casi 300 estudios y miles de estimaciones, el reporte calcula que, bajo un escenario de altas emisiones y sin incrementos adicionales en adaptación y resiliencia, el cambio climático podría reducir el PIB per cápita global entre 3% y 15% hacia 2050. Para los países de ingresos bajos y medios bajos, el rango estimado aumenta a entre 8% y 18%, con algunas economías potencialmente enfrentando pérdidas superiores al 20%.

Invertir antes también tiene un retorno económico

La discusión sobre adaptación suele concentrarse en cuánto cuesta fortalecer infraestructura, mejorar sistemas de agua, proteger ciudades frente al calor o desarrollar mecanismos de alerta temprana. Esa lógica presupuestaria tiene una limitación importante. El costo de la inversión aparece inmediatamente, mientras que gran parte del retorno corresponde a pérdidas futuras que dejan de ocurrir.


Un puente diseñado para soportar inundaciones más intensas puede requerir mayor inversión inicial, pero su valor económico también incluye las interrupciones que evita durante las siguientes décadas. Algo similar ocurre con un sistema de alerta temprana que permite proteger activos antes de una tormenta, con infraestructura hídrica que reduce pérdidas agrícolas durante una sequía o con medidas de protección frente al calor que permiten mantener condiciones seguras de trabajo.

El análisis del Grantham Research Institute encuentra una relación beneficio costo mediana cercana a cuatro a uno para las inversiones en adaptación revisadas. Además, para muchas intervenciones, los beneficios acumulados pueden superar los costos después de aproximadamente tres años. El retorno incorpora pérdidas evitadas, actividad económica preservada y beneficios sociales y ambientales que no siempre aparecen completamente reflejados en los cálculos financieros tradicionales.

En algunas áreas, las diferencias son todavía mayores. Los estudios revisados sobre sistemas de alerta temprana e información hidrometeorológica presentan relaciones beneficio costo que van aproximadamente de cuatro a uno hasta 36 a uno. Su lógica económica es relativamente sencilla. Una infraestructura de información puede tener un costo limitado frente al valor acumulado de los activos, las operaciones y las vidas que pueden protegerse cuando una alerta se traduce en una respuesta adecuada.

Al mismo tiempo, los beneficios económicos de la adaptación no terminan en la reducción de daños directos. Mantener carreteras abiertas protege el acceso a mercados. Evitar interrupciones de energía ayuda a sostener producción y servicios. Reducir pérdidas agrícolas contribuye a limitar presiones sobre precios y seguridad alimentaria. Proteger la infraestructura pública disminuye futuras necesidades de reconstrucción y puede liberar recursos para otras prioridades.

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La adaptación necesita entrar en las decisiones económicas ordinarias

Una parte del rezago en adaptación proviene de cómo se evalúan estas inversiones. El propio reporte señala que diversos marcos macroeconómicos y fiscales son capaces de incorporar los shocks climáticos como riesgos para el crecimiento y la estabilidad, pero capturan con menor precisión los beneficios generados por las inversiones en resiliencia. Como resultado, el daño potencial puede aparecer en los modelos mientras el valor económico de reducirlo permanece parcialmente invisible.

Esa asimetría tiene consecuencias para la asignación de capital. Si fortalecer infraestructura se registra como un costo presente y la continuidad económica que esa inversión protege queda distribuida entre múltiples actores y durante muchos años, posponer la inversión puede parecer razonable desde una perspectiva presupuestaria de corto plazo aun cuando implique asumir mayores costos futuros.

Aquí los ministerios de finanzas tienen un papel particularmente relevante. Además de manejar presupuestos, deuda e inversión pública, influyen directamente en los criterios con los que se evalúan proyectos y se distribuyen recursos. El reporte estima que estas instituciones administran colectivamente más de $30 billones de dólares anuales en financiamiento público y, aun así, identifica brechas importantes en la incorporación del riesgo climático físico dentro de proyecciones macroeconómicas, presupuestos y procesos de inversión de capital.

Para las empresas ocurre algo parecido. La exposición física afecta instalaciones, abastecimiento, seguros, logística, productividad laboral y decisiones de inversión. Incorporar adaptación dentro de la planeación financiera y operativa permite evaluar esos riesgos con la misma disciplina utilizada para otras variables que pueden afectar continuidad y rentabilidad.

La adaptación tampoco sustituye la reducción de emisiones. El mismo análisis advierte que sus costos aumentan a medida que sube la temperatura y que existen límites frente a impactos que pueden dejar de ser manejables de manera costo efectiva. Reducir emisiones contiene la magnitud del riesgo futuro, mientras invertir en resiliencia permite enfrentar una parte de los impactos que ya están ocurriendo o que difícilmente podrán evitarse.

La discusión económica sobre cambio climático necesita incorporar ambas dimensiones. Seguiremos calculando cuánto cuestan las inundaciones, las sequías o las olas de calor después de que ocurren. La decisión más relevante para gobiernos y empresas será cuánto están dispuestos a invertir antes para evitar que una parte creciente de esas pérdidas llegue a materializarse.

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cambio climático Crisis económica

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