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Here’s your cake

El calor extremo está creando nuevos productos, mercados y respuestas políticas para sobrevivir a sus efectos, pero seguimos sin resolver las causas de la crisis climática .
Woman tourist walking by the city in a sunny summer day suffering from high temperatures, heat stroke and dehydratation
Hay probabilidad de 86% de que en algún año entre 2026 y 2030 se rompa el récord de temperatura de 2024, el año más caliente jamás registrado. (Foto: fcafotodigital/Getty Images)

Hace unos días leí algo que me heló el estómago y está detrás del impulso de querer escribir esto: en Japón ya están vendiendo una especie de refrigerador para humanos.

Se llama Do Hiemon Box. Una persona entra, se sienta y recibe aire frío sobre la cabeza, el cuello y la espalda para bajar rápidamente su temperatura corporal. Cuesta alrededor de 1.5 millones de yenes —unos 9,300 dólares— y fue diseñado principalmente para proteger a trabajadores expuestos al calor extremo.

El ingenio humano “ganando como siempre”, pensé. Sin embargo me pregunté: ¿en qué momento comenzamos a diseñar refrigeradores para humanos en lugar de preguntarnos ¿por qué necesitamos refrigerar humanos?

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No es que no sepamos lo que está pasando. 2024 fue el año más caliente jamás registrado, aproximadamente 1.55 grados centígrados por encima del promedio preindustrial. Ahora, la Organización Meteorológica Mundial estima una probabilidad de 86% de que algún año entre 2026 y 2030 rompa ese récord. Y hay un candidato particular: El Niño, previsto para finales de este año, aumenta las posibilidades de que 2027 sea el próximo año récord.

Como es sabido, los grados no se distribuyen democráticamente.

En las primeras líneas de esta crisis están quienes menos contribuyeron a provocarla: comunidades indígenas, campesinos, pequeños agricultores y poblaciones cuyos medios de vida dependen directamente del territorio. Entre 2010 y 2020, la mortalidad por inundaciones, sequías y tormentas fue 15 veces mayor en las regiones altamente vulnerables que en aquellas con vulnerabilidad muy baja.

A veces pienso que quienes vivimos en las ciudades todavía podemos permitirnos cierta enajenación. El calor llega y prendemos el aire acondicionado. Falta agua y compramos una pipa. Sube el precio de un alimento y buscamos otro supermercado.

Quizá me equivoco. Las ciudades también empiezan a resentirlo, pero seguimos teniendo suficientes capas entre nosotros y el territorio para pensar que la crisis climática es algo que no nos está afectando. Hasta que hace 40 grados afuera.


Y aquí aparece algo que últimamente me vuela la cabeza: la crisis climática convirtiendose en capital político y económico incluso para quienes hasta hace poco podían darse el lujo de negarla.

En Francia, ante las recientes olas de calor, Marine Le Pen y el partido de ultraderecha Rassemblement National propusieron un “gran plan de climatización”: facilitar la instalación de aire acondicionado en viviendas, escuelas, hospitales y otros espacios mediante financiamiento público.

Cuando lo escuché pensé inevitablemente en María Antonieta y su famoso: let them eat cake.

No porque el aire acondicionado sea inútil. Puede salvar vidas. El problema es que representa perfectamente nuestra respuesta a la crisis: adaptarnos a sus consecuencias mientras evitamos discutir su causa.

Y entonces imaginé el próximo gran coup: “ Aire acondicionado en tu casa, patrocinado por TotalEnergies”.

Es una fantasía, claro. Pero quizá no tan absurda.

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Patrick Pouyanné, CEO de TotalEnergies, fue ascendido en 2023 a oficial de la Legión de Honor francesa. Tres años después, mientras Europa atraviesa otra crisis energética, TotalEnergies obtuvo alrededor de 5,400 millones de euros de beneficio en el primer trimestre de 2026 y en Francia volvió a discutirse la posibilidad de gravar sus ganancias.

Hay algo profundamente incómodo en ese concubinato entre el poder fósil y el poder político: las mismas compañías cuyo negocio depende de seguir extrayendo petróleo y gas pueden terminar formando parte de la economía que nos ayudará a soportar el mundo calentado por esos combustibles.

La ecuación es extraordinaria. Más calor. Más climatización. Más demanda eléctrica. Y, si esa electricidad continúa dependiendo de combustibles fósiles, más emisiones y más calor. Mientras tanto, del otro lado de esa ecuación, el problema ya no es cómo enfriarnos sino cómo producir alimentos.

Este verano, agricultores surcoreanos han reportado cultivos de papa dañados por temperaturas extraordinariamente altas dentro del suelo. El calor extremo también ha afectado ganado y otras cosechas. Es el recordatorio de algo que olvidamos cuando hablamos del clima desde una oficina climatizada: no podemos ponerle aire acondicionado a un campo.

Y todavía desconocemos buena parte de los efectos que tendrá el nuevo El Niño sobre los sistemas alimentarios durante los próximos meses.

Tal vez el Do Hiemon Box pueda salvar la vida de alguien que trabaja bajo temperaturas extremas, pero el problema no es el refrigerador, sino que nuestra imaginación colectiva parece haberse vuelto mucho más sofisticada para sobrevivir a las consecuencias que para detener las causas.

Refrigeradores humanos, ciudades climatizadas, seguros contra catástrofes, nuevos mercados para un planeta cada vez más caliente.

Mientras tanto, quienes están en las primeras líneas seguirán perdiendo cosechas, agua y territorio.

Y me pregunto si, cuando finalmente eso también nos alcance a nosotros y descubramos que hay cosas que ningún aire acondicionado puede resolver, aparecerá una nueva tecnología, un nuevo producto, una nueva forma de seguir sin cambiar nada.

O si simplemente nos dirán: Here’s your cake.

Nota editorial: Aranzazu Zacarías Guevara es Estratega en comunicación y sostenibilidad. Egresada de Sciences Po Paris, asesora a empresas y organizaciones en legitimidad institucional, asuntos públicos y agendas ESG. Es co-fundadora de la organización Sostenibilidad Activa y co-host del podcast SpeakESG. @aranzazuzg Síguela en Instagram como @aranzazuzg Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

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