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El Pantone del “así es”

La regulación necesita instituciones capaces de hacerla cumplir, empresas dispuestas a asumir responsabilidades y ciudadanos que no normalicen las prácticas que las leyes buscan evitar.
Una pila de documentos con regulaciones y personas que los toman y los introducen a una sitio que simula el engranaje de una empresa.
Ninguna transformación ocurre si la gobernanza, la regulación y la sociedad toleran que el “así es” siga justificando malas prácticas. (Foto: Generada con IA / Google Flow)

Hace unos días vi un Pantone que no se me ha podido olvidar. No era para elegir el color de una pared ni para una campaña publicitaria. Era una escala de tonos de piel que circuló en redes como parte de una conversación atribuida a un centro nocturno de San Pedro Garza García. Según los audios y capturas difundidos, se utilizaba para saber qué personas podían entrar al lugar.

El material no ha sido autenticado de manera independiente y el establecimiento no había confirmado públicamente su veracidad cuando comenzaron a publicarse las notas. Pero hubo una frase en los audios atribuidos a uno de sus relacionistas públicos que me pareció todavía más brutal que el Pantone: reconoce que el criterio “suena muy racista” y después explica que los sábados no entran personas que no sean blancas. O sea: sé que está mal. Sé que es discriminatorio. Pero así es.

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Y luego vino lo que verdaderamente me dio un balde de agua fría: los comentarios.

Entre la indignación aparecían bromas, explicaciones sobre cómo “funciona” San Pedro y distintas versiones de una misma resignación: así ha sido siempre, así son esos lugares, ¿de qué se sorprenden?

Ese “así es” me parece mucho más difícil de combatir que un Pantone.

Porque cuando mi socia y yo comenzamos una organización dedicada a sostenibilidad, hace algunos años, éramos bastante naives. Teníamos una meta en común: lograr que los criterios ESG permearan en las PyMEs. Nuestra lógica era que cualquier transformación que excluyera a las pequeñas y medianas empresas estaba destinada a quedarse corta. En México, las micro y PyMEs representan prácticamente la totalidad de los establecimientos y concentran más de 70% del personal ocupado (INEGI, Censos Económicos 2024).

Pensábamos que el principal problema era que no se entendía la sostenibilidad.


Así que nos dedicamos a explicarla, pero con el tiempo descubrimos que entenderlo no necesariamente cambiaba las cosas.

Muchas de las conversaciones con empresarios terminaban buscando algo concreto: un sello, un reconocimiento, una certificación, algo que pudiera mostrar que la empresa era sostenible. Y no lo digo como condena. Tiene lógica empresarial querer saber cuál será el retorno de una inversión. El problema es que muchas transformaciones de sostenibilidad no producen una recompensa inmediata.

Pero había una conversación particularmente incómoda: la gobernanza.

Hablar de reducir emisiones podía entusiasmar. Hablar de impacto social también. Hasta que aparecían palabras como transparencia, rendición de cuentas, controles internos o mecanismos para reportar decisiones.

Ahí, especialmente en algunas empresas familiares con las que nos tocó trabajar, la conversación podía sentirse como: mi empresa, mis reglas.

Fue frustrante.

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Durante mucho tiempo pensé que la respuesta estaba en la regulación. Las empresas no tendrían por qué decidir voluntariamente hasta dónde quieren ser responsables. Para eso existe el Estado. Para establecer mínimos que no dependan de la buena voluntad de nadie.

El Pantone me hizo cuestionar también esa certeza, porque discriminar ya está prohibido. La Constitución mexicana prohíbe la discriminación por origen étnico o nacional, género y otras condiciones. Existe además una Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación y Nuevo León cuenta con legislación local en la materia. No estamos frente a un vacío legal.

Entonces, ¿qué falta?

En una de mis clases de la universidad me enseñaron un caso que nunca olvidé: en Commune de Morsang-sur-Orge, de 1995, el Conseil d'État tuvo que pronunciarse sobre un espectáculo en el que una persona con enanismo era lanzada como entretenimiento. La persona participaba voluntariamente y recibía dinero por hacerlo. Aun así, el tribunal determinó que la dignidad humana formaba parte del orden público y que el Estado podía impedir aquella práctica incluso con su consentimiento (Conseil d'État, 1995).

Recuerdo que entonces me impresionó la pregunta de fondo: ¿hasta dónde dejamos que las personas y los negocios decidan sus propias reglas y en qué momento tiene que aparecer el Estado?

Años después entiendo que falta otra pregunta: ¿Qué pasa cuando el Estado ya apareció, la ley ya puso el límite y simplemente aprendimos a vivir como si no existiera?

Ahí es donde el “así es” deja de ser una frase inocente.

Porque una ley puede prohibir discriminar, pero alguien tiene que denunciar cuando ocurre. Una autoridad tiene que investigar. Alguien tiene que sancionar. Los consumidores tienen que decidir qué prácticas están dispuestos a financiar. Y una sociedad tiene que dejar de convertir ciertas violencias en parte del paisaje.

Si todo eso falla al mismo tiempo, la regulación termina siendo un documento burocrático que explica cómo debería funcionar un país distinto al que habitamos.

Y eso me devuelve a la sostenibilidad.

Durante años pensé que nuestro error había sido intentar convencer a las empresas cuando debíamos exigirles. Ahora creo que tampoco alcanza con eso.

Podemos aprobar obligaciones ambientales, estándares laborales, reglas de transparencia y cualquier cantidad de criterios ESG. Pero ninguna regulación se ejecuta sola.

Necesita instituciones que la hagan cumplir y ciudadanos que consideren suficientemente grave su incumplimiento como para exigirlo.

Porque quizá el verdadero peligro no empieza cuando alguien decide sacar un Pantone para clasificar personas.

Empieza cuando lo vemos, sabemos perfectamente lo que significa y nuestra respuesta colectiva termina siendo: Pues sí, así es.

Nota editorial: Aranzazu Zacarías Guevara es egresada de Sciences Po Paris y especialista en comunicación y sostenibilidad. Su trabajo parte de entender que la crisis climática no puede separarse de sus efectos sobre las personas: hoy concentra su trabajo en la relación entre sostenibilidad, salud mental, trauma y resiliencia. Síguela en Instagram como @aranzazuzg Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

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Gobernanza Discriminación

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