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El greenwashing sigue teniendo al sector financiero en el centro

El mapa del greenwashing está cambiando, pero las instituciones financieras siguen ocupando una posición particularmente expuesta.
Personas haciendo una presentación sobre finanzas y sostenibilidad
Un banco puede financiar un proyecto renovable que contribuya a reducir emisiones y que, al mismo tiempo, genere impactos relevantes sobre biodiversidad o uso de suelo. (Gemini)

A medida que más capital se dirige hacia energías renovables, infraestructura, minerales críticos, tecnologías bajas en carbono y otros activos vinculados con la transición energética, también aumenta el número de productos, fondos, estrategias y compromisos que se presentan frente al mercado como “verdes”, “sostenibles” o alineados con una trayectoria de descarbonización. Para bancos, inversionistas y gestores de activos, esto ha ampliado considerablemente el universo sobre el que posteriormente construyen objetivos, narrativas y afirmaciones ambientales.

Los datos más recientes de RepRisk ayudan a entender la dimensión de esa exposición. En 2026, los sectores de servicios financieros y banca representaron en conjunto alrededor de una quinta parte de todas las vinculaciones sectoriales de empresas asociadas con incidentes de greenwashing. Los servicios financieros se mantuvieron, además, como el sector con mayor exposición durante todo el periodo analizado, mientras que la banca permaneció de manera consistente entre los diez primeros.

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Al mismo tiempo, el riesgo empieza a extenderse con mayor fuerza hacia otros sectores vinculados con la transición energética. Minería, servicios públicos, energía alternativa, petróleo y gas han ganado peso dentro de la distribución de empresas relacionadas con este tipo de incidentes, reflejando cómo el escrutinio empieza a acompañar también a las actividades que están recibiendo una proporción creciente de capital para hacer posible la descarbonización.

Para las instituciones financieras, esta combinación es especialmente relevante porque su exposición no depende únicamente de lo que ocurre dentro de sus propias operaciones. También está relacionada con las empresas, proyectos y activos que deciden financiar, en los que invierten o que respaldan. En otras palabras, el riesgo puede viajar junto con el capital.

El riesgo también viaja a través del capital

Una institución financiera puede tener una huella operativa relativamente limitada y, aún así, estar vinculada con actividades que generan impactos ambientales significativos. Esa distancia entre quien asigna los recursos y quien desarrolla el proyecto hace que evaluar qué puede considerarse realmente sostenible sea cada vez más complejo.

Un banco puede financiar un proyecto renovable que contribuya a reducir emisiones y que, al mismo tiempo, genere impactos relevantes sobre biodiversidad o uso de suelo. Un fondo puede aumentar su exposición a minerales necesarios para la electrificación mientras algunos de esos activos enfrentan riesgos relacionados con agua, contaminación o comunidades locales. De forma similar, un gestor de activos puede presentar una estrategia climática ambiciosa y posteriormente enfrentar preguntas sobre qué tan bien los activos que integran su portafolio responden a los criterios utilizados para clasificarlos como sostenibles.

Esta tensión ayuda a explicar por qué el greenwashing en el sector financiero difícilmente puede reducirse a un problema de comunicación. Una afirmación puede estar cuidadosamente redactada y ser cuestionada de todas formas si la realidad detrás del activo es más compleja que la manera en que fue presentada.

Además, la propia transición energética está ampliando la naturaleza de los impactos que necesitan considerarse. Durante años, buena parte del análisis ambiental estuvo concentrado en carbono y emisiones, algo lógico frente a la urgencia climática. Sin embargo, RepRisk identifica un cambio importante: en 2026, por primera vez en cinco años, los impactos sobre ecosistemas y biodiversidad superaron a cambio climático y emisiones como el asunto ambiental más frecuentemente relacionado con incidentes de greenwashing.

Esto tiene implicaciones directas para quienes asignan capital. Saber que una inversión contribuye a la reducción de emisiones sigue siendo fundamental, pero ya no necesariamente ofrece una fotografía completa de su desempeño ambiental. Una actividad puede ser positiva desde la perspectiva climática y, al mismo tiempo, generar presiones sobre tierra, agua, ecosistemas o comunidades.

Por eso, la pregunta empieza a ir más allá de si una inversión puede clasificarse como “verde”. También será necesario entender qué significa exactamente esa clasificación, qué criterios la sostienen y qué otros impactos existen detrás de ella.

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La credibilidad se define mucho antes de comunicar

Buena parte de la conversación sobre greenwashing todavía se concentra en publicidad, comunicación o revisión legal de afirmaciones ambientales. Todo eso seguirá siendo importante, pero para el sector financiero una parte considerable del riesgo se genera mucho antes de que una declaración llegue al mercado.

La credibilidad de una afirmación depende, en gran medida, de las decisiones que la preceden: qué activos fueron seleccionados, qué criterios se utilizaron para evaluarlos, qué información se consideró durante la debida diligencia, qué riesgos fueron identificados y hasta qué punto existe evidencia para justificar que una inversión forme parte de una estrategia climática o sostenible.

Esto convierte al greenwashing en un tema mucho más conectado con la forma en que se toman decisiones de inversión. Cuando la información disponible es insuficiente, los criterios de clasificación son demasiado generales o los impactos ambientales más amplios quedan fuera de la evaluación, el problema no comienza cuando alguien decide cómo presentar la inversión. Comienza en la manera en que esa inversión fue analizada.

La ampliación del foco hacia biodiversidad, ecosistemas y otros impactos ambientales hace este reto todavía más evidente. RepRisk encontró, por ejemplo, que en energía alternativa las vinculaciones relacionadas con ecosistemas y biodiversidad superaron a las asociadas con clima y emisiones entre 2022 y 2026. En minería, servicios públicos y metales industriales también aparece una combinación más amplia de preocupaciones ambientales alrededor de las actividades necesarias para desarrollar infraestructura y tecnologías de transición.

Para una institución financiera, esto significa que evaluar sostenibilidad requerirá cada vez más conectar distintas dimensiones de impacto en lugar de analizar cada una de manera aislada. El beneficio climático seguirá siendo una parte fundamental de la ecuación, pero será más difícil utilizarlo como una respuesta suficiente frente a otros impactos relevantes.

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Lo que podríamos ver después

Esta evolución ocurre, además, en un momento en el que las reglas de sostenibilidad avanzan de manera distinta entre mercados. Algunas jurisdicciones están fortaleciendo las exigencias alrededor de las afirmaciones ambientales, mientras otras están modificando determinadas obligaciones de reporte y debida diligencia. El resultado es una separación cada vez más visible entre cumplir con una obligación específica y contar con suficiente evidencia para sostener una afirmación frente a inversionistas, clientes, reguladores o la sociedad.

Para bancos, inversionistas y gestores de activos, esto probablemente aumentará la importancia de la información que existe detrás de cada producto o estrategia presentada como sostenible. La discusión podría trasladarse gradualmente desde la etiqueta utilizada hacia la calidad de los criterios, procesos y datos que permitieron asignarla.

También hay señales de que las controversias asociadas con greenwashing están adquiriendo mayor gravedad. Cerca de uno de cada cuatro incidentes registrados por RepRisk incluye acusaciones clasificadas como severas, frente a aproximadamente uno de cada seis en 2022. La recurrencia también es significativa: tres cuartas partes de los incidentes registrados en 2026 involucraron empresas que ya habían aparecido anteriormente vinculadas con greenwashing.

Todo esto puede llevar a que las instituciones financieras tengan que demostrar con mayor claridad no solamente que están movilizando capital hacia la transición, sino cómo determinaron que los activos detrás de ese capital cumplen con los atributos ambientales que se les asignan. Eso requiere una conexión mucho más estrecha entre sostenibilidad, riesgo, debida diligencia y decisiones de inversión.

El sector financiero seguirá siendo indispensable para movilizar los recursos que requiere la transición energética y, precisamente por esa capacidad de decidir hacia dónde fluye el capital, también seguirá ocupando una posición especialmente visible dentro de la conversación sobre greenwashing.

La siguiente etapa no estará definida únicamente por cuánto financiamiento sostenible pueda movilizarse. Cada vez será más importante entender qué existe detrás de esas inversiones, qué impactos acompañan sus beneficios climáticos y qué tan bien puede demostrarse que la forma en que se presentan corresponde con la realidad.

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Nota editorial: Antonio Vizcaya Abdo, consultor en distintas organizaciones y profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México enfocado en Sostenibilidad Corporativa. Reconocido por LinkedIn como Top Voice en Sostenibilidad. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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