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La seguridad alimentaria comienza desde el origen

Ante la sobreexplotación pesquera global, la acuacultura mexicana enfrenta el reto de avanzar hacia un modelo regenerativo que combine ciencia, trazabilidad, certificación y conservación de los ecosistemas marinos.
Pescadores vacian sus redes en albercas de acuacultura
La presión sobre las poblaciones pesqueras impulsa una conversación sobre modelos acuícolas capaces de generar alimentos y beneficios ambientales de largo plazo. (Milos Bicanski/Getty Images)

Cuando hablamos de seguridad alimentaria, generalmente pensamos en cuánto necesitamos producir para atender a una población creciente. Sin embargo, el desafío ya no consiste únicamente en producir más, sino en garantizar que aquello que llega a nuestra mesa sea producido de manera responsable y transparente, sin comprometer los recursos naturales que harán posible alimentar a las próximas generaciones. En este sentido, la inocuidad, el control y la trazabilidad son pilares para construir sistemas de producción que permitan ofrecer alimentos confiables y avanzar hacia modelos más responsables y sostenibles en el tiempo.

En los océanos, esta discusión adquiere especial relevancia. De acuerdo con el Examen del estado de los recursos pesqueros marinos mundiales 2025 de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) , el 35.5% de las poblaciones de peces evaluadas a nivel mundial se encuentran en niveles de sobreexplotación. Frente a este escenario, pensar en el futuro de los alimentos provenientes del mar también exige explorar modelos que permitan diversificar la producción y reducir la presión sobre los recursos naturales.

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La acuacultura forma parte de esa conversación. En México, según cifras preliminares de la Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca (CONAPESCA) , durante 2025 esta actividad alcanzó una producción de más de 394,000 toneladas de pescados y mariscos. Su relevancia también se refleja en términos económicos, pues un año antes, el Instituto Mexicano de Investigación en Pesca y Acuacultura Sustentables (IMIPAS) reportó un valor de producción aproximado de 18,275 millones de pesos, una cifra cercana a los 19,313 millones generados por la pesca de captura.

Estos números permiten dimensionar la relevancia que ha adquirido la actividad, pero el crecimiento por sí mismo no debería ser la única medida de éxito. La oportunidad está también en preguntarnos qué tipo de acuacultura queremos desarrollar y bajo qué principios debería crecer.

La capacidad de cultivar especies bajo condiciones controladas abre posibilidades para fortalecer aspectos como la inocuidad, la trazabilidad y el monitoreo a lo largo del ciclo productivo. También permite generar conocimiento sobre las especies y su interacción con el entorno. Sin embargo, el siguiente paso debería ser más ambicioso: avanzar de modelos enfocados principalmente en reducir impactos hacia otros capaces de contribuir también a la recuperación y fortalecimiento de los ecosistemas de los que dependen.

Ahí es donde la acuacultura regenerativa adquiere un papel relevante. Su planteamiento no consiste únicamente en producir alimentos procurando minimizar la huella ambiental, sino en explorar cómo la propia actividad productiva puede convivir con acciones orientadas a fortalecer la biodiversidad, recuperar ecosistemas marinos y generar beneficios ambientales, sociales y económicos en el largo plazo.

Esto requiere investigación y conocimiento científico. Desarrollar ciclos productivos controlados implica comprender las distintas etapas de vida de las especies, sus necesidades y su relación con el entorno. Ese conocimiento puede servir no solo para producir alimentos, sino también para ampliar las posibilidades de conservación, manejo y recuperación de especies.

Desde mi experiencia al frente de Santomar, he comprobado que integrar el desarrollo de especies con el monitoreo del entorno marino, la investigación y acciones de conservación permite ampliar la conversación sobre el papel que puede desempeñar la acuacultura. Iniciativas de repoblación como “Totoabas a la Mar”, que desde 2015 ha contribuido a la liberación de más de 310,000 ejemplares juveniles de esta especie vulnerable y endémica del Golfo de California, así como el desarrollo del cultivo a escala comercial del huachinango ( Lutjanus peru), muestran algunas de las posibilidades que surgen cuando la producción y el conocimiento científico avanzan de manera conjunta.

Pero una transformación de esta naturaleza también exige mirar toda la cadena. Producir responsablemente requiere mantener estándares consistentes desde el desarrollo y manejo de las especies hasta el procesamiento y la cadena de frío. La trazabilidad resulta fundamental porque permite contar con información verificable sobre el recorrido de los alimentos y entender qué sucede en los distintos momentos del proceso.

En este contexto, las certificaciones y auditorías son herramientas que permiten verificar el cumplimiento de requisitos ambientales, sanitarios y productivos. Estándares como Best Aquaculture Practices (BAP) , por ejemplo, consideran distintos eslabones de la cadena acuícola, mientras que certificaciones internacionales como la del Aquaculture Stewardship Council (ASC) , evalúan criterios ambientales y sociales asociados con una producción acuícola responsable. A ello se suman las auditorías bajo criterios de organismos como la Food and Drug Administration (FDA) , que establecen requisitos específicos relacionados con el procesamiento y la seguridad de los alimentos. Contar con esta información contribuye a generar mayor conciencia y a tomar decisiones de compra más informadas.

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Sin embargo, ningún estándar debería llevarnos a pensar que la responsabilidad termina cuando un alimento cumple con determinados requisitos. El verdadero desafío consiste en ampliar la mirada y preguntarnos también qué impacto tiene la manera en que producimos, qué ocurre en el ecosistema que sostiene esa producción y qué podemos hacer para que la actividad contribuya a conservarlo y, cuando sea posible, regenerarlo.

México tiene una oportunidad importante para avanzar en esta dirección. La acuacultura regenerativa contribuye a generar una oferta más constante de productos marinos, impulsar investigación, desarrollar conocimiento sobre especies nativas y fortalecer sistemas de producción cada vez más transparentes y verificables. El reto será lograr que su crecimiento vaya acompañado de innovación, ciencia y una visión de largo plazo sobre la salud de nuestros mares.

Esta transformación también responde a una sociedad que presta cada vez mayor atención al origen de lo que consume. Saber qué hay en el plato sigue siendo importante, pero también lo es conocer de dónde provienen los alimentos, cómo fueron producidos y bajo qué condiciones llegaron hasta ahí. Frente a esta evolución, la trazabilidad deja de ser únicamente una herramienta operativa y se convierte también en un elemento para construir confianza.

El futuro de la acuacultura regenerativa no debería medirse únicamente por cuántas toneladas somos capaces de producir. Su verdadero potencial estará también en nuestra capacidad para desarrollar modelos que permitan producir alimentos de manera responsable mientras protegemos y fortalecemos los ecosistemas que hacen posible esa producción.

Si queremos alimentar al futuro, producir más será importante. Aprender a producir mejor será indispensable.

Nota editorial: Pablo Konietzko es director ejecutivo de Santomar, una empresa dedicada a la acuacultura regenerativa en la península de Baja California.

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cambio climático Crisis económica

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