La acuacultura forma parte de esa conversación. En México, según cifras preliminares de la Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca (CONAPESCA) , durante 2025 esta actividad alcanzó una producción de más de 394,000 toneladas de pescados y mariscos. Su relevancia también se refleja en términos económicos, pues un año antes, el Instituto Mexicano de Investigación en Pesca y Acuacultura Sustentables (IMIPAS) reportó un valor de producción aproximado de 18,275 millones de pesos, una cifra cercana a los 19,313 millones generados por la pesca de captura.
Estos números permiten dimensionar la relevancia que ha adquirido la actividad, pero el crecimiento por sí mismo no debería ser la única medida de éxito. La oportunidad está también en preguntarnos qué tipo de acuacultura queremos desarrollar y bajo qué principios debería crecer.
La capacidad de cultivar especies bajo condiciones controladas abre posibilidades para fortalecer aspectos como la inocuidad, la trazabilidad y el monitoreo a lo largo del ciclo productivo. También permite generar conocimiento sobre las especies y su interacción con el entorno. Sin embargo, el siguiente paso debería ser más ambicioso: avanzar de modelos enfocados principalmente en reducir impactos hacia otros capaces de contribuir también a la recuperación y fortalecimiento de los ecosistemas de los que dependen.
Ahí es donde la acuacultura regenerativa adquiere un papel relevante. Su planteamiento no consiste únicamente en producir alimentos procurando minimizar la huella ambiental, sino en explorar cómo la propia actividad productiva puede convivir con acciones orientadas a fortalecer la biodiversidad, recuperar ecosistemas marinos y generar beneficios ambientales, sociales y económicos en el largo plazo.
Esto requiere investigación y conocimiento científico. Desarrollar ciclos productivos controlados implica comprender las distintas etapas de vida de las especies, sus necesidades y su relación con el entorno. Ese conocimiento puede servir no solo para producir alimentos, sino también para ampliar las posibilidades de conservación, manejo y recuperación de especies.
Desde mi experiencia al frente de Santomar, he comprobado que integrar el desarrollo de especies con el monitoreo del entorno marino, la investigación y acciones de conservación permite ampliar la conversación sobre el papel que puede desempeñar la acuacultura. Iniciativas de repoblación como “Totoabas a la Mar”, que desde 2015 ha contribuido a la liberación de más de 310,000 ejemplares juveniles de esta especie vulnerable y endémica del Golfo de California, así como el desarrollo del cultivo a escala comercial del huachinango ( Lutjanus peru), muestran algunas de las posibilidades que surgen cuando la producción y el conocimiento científico avanzan de manera conjunta.
Pero una transformación de esta naturaleza también exige mirar toda la cadena. Producir responsablemente requiere mantener estándares consistentes desde el desarrollo y manejo de las especies hasta el procesamiento y la cadena de frío. La trazabilidad resulta fundamental porque permite contar con información verificable sobre el recorrido de los alimentos y entender qué sucede en los distintos momentos del proceso.
En este contexto, las certificaciones y auditorías son herramientas que permiten verificar el cumplimiento de requisitos ambientales, sanitarios y productivos. Estándares como Best Aquaculture Practices (BAP) , por ejemplo, consideran distintos eslabones de la cadena acuícola, mientras que certificaciones internacionales como la del Aquaculture Stewardship Council (ASC) , evalúan criterios ambientales y sociales asociados con una producción acuícola responsable. A ello se suman las auditorías bajo criterios de organismos como la Food and Drug Administration (FDA) , que establecen requisitos específicos relacionados con el procesamiento y la seguridad de los alimentos. Contar con esta información contribuye a generar mayor conciencia y a tomar decisiones de compra más informadas.