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El éxito no se mide en volumen: hablamos de turismo

Medir el éxito del sector turístico únicamente por el número de viajeros deja fuera sus impactos sociales y ambientales, así como la distribución de los beneficios económicos.
Personas en un parque turístico en medio de la naturaleza
Por cada 100 dólares gastados por un turista, solo una pequeña parte permanece en la economía del destino, mientras las comunidades absorben buena parte de los costos sociales y ambientales del turismo. (Gemini)

Cuando pensamos en turismo, rara vez vamos más allá del acto de viajar. Pensamos en aeropuertos, maletas, hoteles y sonrisas, pero el turismo dejó de ser sólo una actividad de ocio para convertirse en un fenómeno socioeconómico y ambiental que pesa de forma determinante en la transformación y sostenibilidad del planeta.

En 2025 hubo más de 1,520 millones de turistas internacionales en el mundo (ONU Turismo, 2026). Es una cifra abrumadora que los gobiernos y las grandes empresas presumen como logro, como si el crecimiento constante fuera señal inequívoca de desarrollo y bienestar.

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El problema es que seguimos midiendo el éxito del turismo solo en términos de volumen y número de visitantes.

Aunque esa medición es útil y relevante para entender la salud del sector, rara vez nos preguntamos a qué destinos están llegando estos turistas (y a cuáles no), qué derrama económica dejan realmente y cómo se distribuye, y qué impacto social y ambiental genera su visita en territorios que muchas veces no están preparados para soportar esa carga. Medir el éxito en términos de volumen no solo es insuficiente, en muchos casos resulta dañino y contraproducente.

Si bien la llegada de turistas puede traer enormes beneficios como la dinamización de economías locales, interculturalidad y empleo, los impactos socioambientales que genera el traslado y consumo de tantas personas son insostenibles bajo los paradigmas actuales.

Por cada 100 dólares que gasta un turista, solo alrededor de 5 se quedan en la economía del destino, según la Comisión Oceanográfica Intergubernamental de la UNESCO. El resto sale hacia aerolíneas, cadenas hoteleras y operadores internacionales. Ese porcentaje además se distribuye de forma inequitativa entre los distintos actores de la industria. Eso significa que el territorio y sus comunidades absorben el 100% del impacto social y ambiental, pero retienen apenas una fracción del beneficio económico. Más no es siempre mejor.

El santo grial del turismo es cosechar los beneficios mientras reducimos los impactos negativos, pero para lograrlo se requiere cambiar no solo la forma en que entendemos el turismo, sino también cómo medimos su éxito.

Desafortunadamente, la métrica más importante para medir el "éxito" de la industria turística sigue siendo el volumen de visitantes, por encima de la derrama económica, su distribución o su contribución a la calidad de vida de las personas y a la salud de los ecosistemas. Más turismo casi nunca significa mejor turismo ni mejor destino; suele ser todo lo contrario.

Existen dos formas de abordar este problema: desde quienes planean, gestionan y ofrecen turismo, y desde quienes viajan.

Para los primeros (touroperadoras, guías, prestadores de servicio, gobiernos y entes de promoción) es urgente replantear qué significa el éxito y el desarrollo. Es urgente transitar hacia nuevos modelos que busquen no solo la sostenibilidad sino también la regeneración de los destinos.

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Sonia Teruel, especialista en turismo regenerativo plantea que bajo este nuevo paradigma “la economía deja de medirse en términos de crecimiento o rentabilidad financiera y empieza a evaluarse por su capacidad de sostener relaciones, diversidad, bienestar y continuidad en el tiempo." Estos modelos no están peleados con la rentabilidad; están peleados con el crecimiento indiscriminado.

Para quienes viajan, aunque es injusto cargarles la responsabilidad de todos los problemas generados por el diseño en nuestros sistemas económicos, sí es posible ejercer el poder de decidir, exigir e informarse. Cuestionar el propósito del viaje, entender los flujos en los destinos más visitados y en temporadas altas, optar por prácticas más responsables, visitar con respeto y conciencia hacia el territorio y su cultura, y buscar servicios que ofrezcan alternativas más sanas para la gente y el entorno son formas concretas de promover un mejor turismo, no solo más turismo.

La propuesta no consiste en dejar de medir ni buscar un crecimiento, se trata de cuestionarnos qué otros elementos son más relevantes para medir la salud de un territorio, el bienestar y el desarrollo sostenible de un destino.

No se trata de estar en contra de los viajes o del turismo ni de querer frenar esta enorme industria, sino de cuestionarnos la forma en que hemos entendido el éxito y el crecimiento, si esto significa bienestar y salud para los territorios y sus personas y, sobre todo, promover y viajar de una forma más consciente y responsable, para hacer que los viajes generen alegría, bienestar y placer no sólo para quienes viajan, si no también para los anfitriones.

Nota editorial: Gerardo Ibarra es consultor en turismo regenerativo y desarrollo territorial con más de 15 años de experiencia trabajando con organizaciones en México, América Latina y África. Ha acompañado a destinos, comunidades y empresas en procesos de capacitación, diseño de producto, mentoría y transición hacia modelos más regenerativos. Es managing partner de Experiencias Genuinas, director de Operaciones de Dopamina Travel y cofundador de Ruta Origen. Su trabajo combina visión estratégica, presencia territorial y una red amplia en el sector turístico y de impacto en la región. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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