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El sol no alcanza si nadie lo reparte

México busca expandir la energía solar sin repetir el modelo extractivo del petróleo, con comunidades que también sean beneficiarias de la transición energética.
paneles solares en un campo con pareclas y una comunidad al fondo.
La transición energética en México enfrenta el reto de llevar los beneficios de la energía solar a las comunidades donde se instalan los proyectos. (Foto: Generada con IA / Google Flow)

Recientemente aprendí algo en la Mixteca que me cambió la manera de pensar sobre la transición energética. Ahí, lo que impide producir alimento no es la falta de tierra ni la de agua. Es que mover el agua cuesta dinero. Las organizaciones que trabajan ahí llevan décadas construyendo obras para que la lluvia se quede en el suelo, y lo han conseguido. Pero el último tramo, subir esa agua a la parcela, seguía dependiendo de una motobomba a gasolina. El agua está abajo y, si no alcanza para el combustible, no sube.

Con mi equipo hemos acompañado más de cincuenta sistemas solares en comunidades rurales y periurbanas. Son instalaciones pequeñas, que no aparecerían en ningún reporte de capacidad instalada, y aun así me enseñaron cosas que no están en los documentos de política energética.

La primera tiene que ver con cómo se manifiesta la pobreza energética. Casi nunca se parece a la oscuridad. Se parece más bien a una señora que vuelve a la leña porque se le acabó el gas a mitad de quincena, a un productor que riega menos de lo que podría porque no puede pagar el diésel, ni siquiera el subsidiado. Lo que hace la gente es administrar una energía cara y sucia, y eso le cuesta horas, salud y su futuro.

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La segunda me costó más trabajo aceptarla. Estas comunidades no desconfían de la tecnología. Lo que no toleran es la asimetría, y tienen razones históricas. Cuando un proyecto llega a entregarles algo, todos saben que esa relación tiene fecha de caducidad. Cuando llega a construir algo que ellos van a operar, la conversación cambia.

Traigo esto a colación porque México está por emprender la mayor expansión solar de su historia y porque este año se cayeron cuatro proyectos eléctricos por falta de consentimiento de las comunidades en las que se iban a instalar. El más reciente fue un parque fotovoltaico en Tecozautla, Hidalgo, que obtuvo su autorización ambiental a principios de junio y, para finales de julio, ya había sido abandonado por la empresa. Menos de dos meses. Habría que preguntarse qué clase de permiso es ese, que autoriza pero no permite construir.

Un funcionario estatal explicó el rechazo con la palabra que siempre se usa, desinformación. La comunidad contestó que esa no fue la causa, sino otra. Retirar la vegetación de cientos de hectáreas reduciría la recarga del acuífero del que dependen el maíz y el turismo termal. No era ignorancia, era hidrología. Una vez más, el agua y la energía atadas al mismo problema; y, una vez más, nadie había preguntado a tiempo.


Quiero ser clara aquí, aunque suene duro. No debemos construir la transición energética con la misma lógica con la que se construyó la industria petrolera: instalar en territorios pobres una infraestructura que extrae un recurso para consumirlo en otra parte y ofrecer, a cambio, empleo temporal y una renta modesta. Porque entonces, lo único que cambiaría sería que el recurso sería el sol y el relato sería verde. Una familia que riega con gasolina porque nunca le ha llegado otra cosa ve llegar un parque que ocupará cientos de hectáreas de su entorno y enviará toda esa electricidad fuera de la región. No está rechazando la energía limpia, está rechazando que le vuelva a tocar el papel de proveedor.

Esa negativa nos sale cara a todos. Cada proyecto cancelado es megavatios limpios que no se construyen, mientras la demanda sigue creciendo y la terminan cubriendo plantas que queman combustible. Por querer ir rápido, estamos avanzando más despacio.

Existe otra manera, y no es teórica. En Canadá, las comunidades indígenas no son vecinas de los proyectos de energía limpia, son dueñas de más de un tercio de ellos. No ocurrió por generosidad empresarial, sino porque el Estado creó el instrumento que lo vuelve viable, unas garantías públicas que le permiten a una comunidad sin capital comprar su participación y pagarla con el flujo del propio proyecto. El modelo de energía solar ejidal que más se cita en México contemplaba un 2% de participación en el papel y antes de cualquier negociación. No son variantes de un mismo esquema sino dos esquemas distintos, y en América Latina adoptamos el que genera conflicto.

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Nuestra ley ya faculta a la autoridad para negar un proyecto cuando una comunidad indígena niega su consentimiento. Lo que falta no es más derecho sino instrumentos. Los proyectos que perdimos este año no se cayeron porque las comunidades tuvieran demasiados derechos, sino porque llegaron al territorio con el permiso en la mano y sin nada que ofrecer salvo tolerancia. Las familias que miden su riego en litros de gasolina viven a unos kilómetros del mejor recurso solar del continente, y los grandes parques se construyen justo ahí, donde la energía no alcanza para mover el agua. Esa población no es el obstáculo para la transición energética. Es, me parece, la única fuerza capaz de hacerla irreversible.

Una planta solar que no mueve el agua, no enciende un taller ni saca a nadie de la leña en el territorio donde se levanta, no está haciendo una transición. Está haciendo una exportación. Y las exportaciones que no dejan nada acaban topándose, tarde o temprano, con la resistencia del lugar de donde salen.

Nota editorial: Isabel Studer Noguez es presidenta y directora ejecutiva de Sostenibilidad Global A.C.. Síguela en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

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