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La nueva Ley General de Aguas redefine las obligaciones ESG de las empresas

La nueva Ley General de Aguas, avalada por el Senado, pone fin a las concesiones privadas y refuerza la supervisión gubernamental para asegurar el derecho humano al agua.
vie 12 diciembre 2025 09:42 AM
agua y legislacion
El Senado de la República sostiene que aprobar la Ley General de Aguas y actualizar la Ley de Aguas Nacionales es no solo urgente, sino un acto de justicia ambiental, social y constitucional postergado por años. (DSCimage/Getty Images)

La propuesta de reforma a la Ley de Aguas Nacionales vuelve a colocar la gestión del recurso hídrico en el centro del debate empresarial. Con disposiciones más estrictas sobre uso, reporte y tratamiento del agua, las compañías deberán asumir mayores obligaciones de transparencia y eficiencia en un contexto climático cada vez más adverso.

Para los criterios de sostenibilidad o ESG, el cambio es significativo: la gobernanza del agua deja de ser un esfuerzo voluntario para convertirse en una actividad verificable que refleje el desempeño socioambiental de las organizaciones. Expertos de la consultora Basham, Ringe y Correa advierten que la reforma impulsará auditorías más rigurosas, métricas estandarizadas y sanciones más claras por incumplimiento, lo que podría incidir directamente en la evaluación de proyectos y en la percepción de riesgo.

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El consumo humano y doméstico como prioridad

Antes de la reforma, México operaba bajo una gestión fragmentada del agua. Sectores como agricultura, industria y consumo urbano competían por el recurso sin un marco integral que privilegiara la sostenibilidad. El enfoque vigente priorizaba la disponibilidad y distribución del agua, más que su conservación y uso racional. Esto provocó la sobreexplotación de acuíferos, contaminación de ríos y lagos, y una creciente vulnerabilidad frente a sequías.

De acuerdo con la Comisión Nacional del Agua (Conagua), el consumo hídrico en México se concentra principalmente en el sector agrícola, con 67.5% del total; el uso público y doméstico representa 14.7%; las termoeléctricas, 4.6%; la industria, 3.1%; comercio y servicios, 1.9%; y otros usos el 8.2%.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) advierte que el país presenta avances insuficientes para cumplir el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 6, relativo a la gestión sostenible del agua. México ocupa la posición 26 entre las naciones con mayor estrés hídrico y, en 2024, registró un avance de 69.9% en el ODS 6, por debajo del promedio regional de 72.6% en América Latina y el Caribe.

Estos escenarios, sumados a la creciente presión ciudadana, la evidencia científica sobre escasez y contaminación, y la necesidad de alinearse con estándares internacionales, generaron las condiciones para impulsar la reforma.

Por ello, el Senado de la República sostiene que aprobar la Ley General de Aguas y actualizar la Ley de Aguas Nacionales es no solo urgente, sino un acto de justicia ambiental, social y constitucional postergado por años.

“Ante la creciente frecuencia de sequías, el incremento de conflictos por el agua y los compromisos internacionales en materia de desarrollo sostenible, no podemos seguir aplazando esta responsabilidad”, señaló el Senado en un comunicado.

Con su implementación, el impacto para sectores como manufactura, alimentos y energía será inmediato. Las empresas deberán demostrar no solo que cumplen con la norma, sino que gestionan el agua de forma responsable a lo largo de toda la cadena de valor. La reforma, explican analistas de Basham, Ringe y Correa, redefine el agua como un activo estratégico y un indicador clave para evaluar riesgos, reputación y competitividad.

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¿Cómo deberán adaptarse las empresas e industrias?

La adaptación empresarial para lograr resiliencia hídrica es esencial en la transición hacia una economía del agua sostenible. Implica adoptar modelos de circularidad, incentivar nuevas formas de financimianto, las innovaciones tecnológicas, cumplimiento regulatorio y esquemas de colaboración intersectorial.

Para los expertos de Basham, Ringe y Correa, la iniciativa representa un cambio estructural en la gestión del agua en México, con impactos directos en las operaciones productivas. La clave estará en anticiparse a las nuevas obligaciones, ajustando procesos y tecnologías para garantizar eficiencia y sostenibilidad.

Durante el Encuentro del Agua 2025, Jean-Martin Brault, especialista senior en Agua y Saneamiento del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, subrayó que los esquemas de coinversión no deben limitarse al sector público y privado: es necesario involucrar a la banca local, instituciones financieras y organismos que puedan ofrecer mecanismos de mejora crediticia.

En el mismo encuentro, Patricia Herrera-Ascencio, directora general del Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA), destacó que la resiliencia hídrica corporativa requiere cambiar el modelo de consumo hacia la circularidad, integrar innovación tecnológica para maximizar la eficiencia y asumir plenamente la responsabilidad social y legal en el uso equitativo y sostenible del recurso.

Los especialistas coinciden en que la reforma demanda una transformación profunda en la manera en que las empresas entienden y gestionan el agua: no solo como un insumo operativo, sino como un factor estratégico para su continuidad, competitividad y legitimidad social.

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