Esta definición permite distinguirlas de otras figuras que, aunque relacionadas, operan bajo lógicas distintas. La responsabilidad social empresarial, por ejemplo, se basa en un conjunto de prácticas voluntarias que las compañías adoptan para mitigar impactos negativos o contribuir a su entorno. Sin embargo, estas acciones no modifican la naturaleza del negocio. Las empresas continúan operando bajo esquemas tradicionales y complementan su actividad con iniciativas sociales o ambientales.
Algo similar ocurre con la filantropía corporativa. En este caso, las empresas destinan parte de sus utilidades a apoyar causas sociales, generalmente a través de donaciones o fundaciones. Si bien este mecanismo ha sido clave para financiar proyectos de alto impacto, su alcance depende directamente de la capacidad de generar ganancias. Es decir, el impacto no está integrado en el modelo productivo, sino que se produce después de la operación económica.
Las organizaciones de la sociedad civil, por su parte, tienen como objetivo principal la atención de problemáticas sociales, pero no operan bajo una lógica de mercado orientada a la generación de utilidades. Su sostenibilidad depende en gran medida de donaciones, financiamiento público o cooperación internacional, lo que limita su escala en comparación con el sector privado.
Frente a estos esquemas, las empresas con propósito representan un modelo híbrido que busca aprovechar la capacidad de generación de valor del sector privado para atender necesidades públicas. Como explicó Lila Gasca, asociada senior de Litigación, Arbitraje y Laboral en Hogan Lovells e integrante de la Red de Investigación para una Nueva Economía (REDINE), este tipo de empresas “hacen del impacto social y ambiental el centro de su desarrollo y lo integran desde su origen en la estructura del negocio”.
Las empresas con propósito se alinean con una tendencia global hacia la incorporación de criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG por sus siglas en inglés) en la toma de decisiones empresariales y financieras. Fondos de inversión, instituciones financieras y reguladores han comenzado a exigir mayor transparencia y compromiso en estas áreas, lo que ha incentivado la adopción de modelos de negocio orientados al impacto.
Para Gasca, este modelo no sustituye a la filantropía ni a las organizaciones de la sociedad civil, sino que las complementa. “La filantropía no va a desaparecer, sigue siendo estratégica, pero las empresas con propósito integran el impacto desde su operación, lo que permite escalar soluciones de manera más sostenida”, señaló.