Pese a la magnitud del problema, el país reportó la recolección y reciclaje formal de apenas 52.6 millones de kilogramos de residuos electrónicos, equivalentes al 3.5% del total generado. El informe advierte que el desafío es aún mayor si se considera que cada mexicano produjo, en promedio, 11.8 kilogramos de basura electrónica durante el año. La brecha entre generación y aprovechamiento evidencia la necesidad de fortalecer la infraestructura de acopio, reciclaje y economía circular para evitar que estos materiales terminan en tiraderos, rellenos sanitarios o canales informales de disposición.
Los aparatos eléctricos y electrónicos contienen componentes peligrosos para el ambiente y la salud cuando no reciben un tratamiento adecuado. Entre ellos se encuentran el plomo presente en soldaduras y antiguas pantallas CRT, el mercurio utilizado en lámparas y pantallas de generaciones anteriores, el cadmio empleado en baterías y circuitos electrónicos, así como el cromo hexavalente y los retardantes de flama bromados incorporados en plásticos, pinturas y otros materiales.
Constantino Gutiérrez, académico de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, resalta que cuando estos dispositivos llegan a tiraderos a cielo abierto, los metales pesados pueden filtrarse al suelo y a los mantos acuíferos mediante lixiviados. El cadmio y el plomo pueden persistir durante décadas, bioacumularse en peces y terminar en la cadena alimentaria humana.
"Definitivamente, creo que no estamos preparados; hace falta mucha infraestructura", resume Velasco. Aun así, el especialista ve en el Mundial una oportunidad para que México evite repetir los errores del pasado.
Gutiérrez explica que en muchos sitios también es común la quema de componentes para recuperar cobre, una práctica que libera emisiones tóxicas y aumenta los riesgos respiratorios y cancerígenos para las comunidades cercanas.
El primer paso, dice, es dejar de ver los aparatos viejos como basura y empezar a tratarlos como lo que realmente son: una fuente de materiales valiosos. Una tonelada de tarjetas de circuitos impresos, por ejemplo, contiene entre 90 gramos y hasta un kilogramo de oro puro, además de plata, cobre y polímeros de alta resistencia que pueden reincorporarse a nuevos productos, señala la UNAM.
Para capturar ese valor, Velasco propone una cadena de actores que hoy opera de forma fragmentada. Fabricantes, retailers, municipios y empresas de recolección tendrían que coordinarse bajo esquemas formales de recuperación.
"El punto de venta debería de promover ser también un punto de acopio", señala. Esto permitiría concentrar volúmenes mayores de residuos, reducir costos logísticos y disminuir la huella de carbono asociada al transporte.
Los retailers que ya impulsan programas de canje, como Eco Renueva de Samsung, que ofrece descuentos por equipos usados. Sin embargo, el especialista considera que estos esfuerzos todavía deben ampliarse y vincularse con recicladores certificados para generar un impacto significativo.
La jerarquía que Velasco recomienda para quien ya tiene una pantalla nueva en casa es, primero, evaluar si el aparato viejo sigue funcionando y puede encontrar una segunda vida mediante donación, venta o reubicación dentro del hogar. Segundo, si presenta fallas, analizar la posibilidad de repararlo antes de desecharlo. Reparar suele ser viable cuando el costo representa menos de la mitad del valor del equipo y puede extender su vida útil entre tres y 10 años.
Solo cuando el aparato ya no tenga reparabilidad, el siguiente paso debería ser recurrir a canales certificados de recolección de residuos electrónicos.
"Hay que evitar disponer de ella como si fuera un residuo sólido urbano. Estos equipos son residuos de manejo especial y requieren un tratamiento completamente distinto al de la basura doméstica", subraya Velasco.