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Por cada 49 autos eléctricos en México existe solo una electrolinera

La expansión del parque de vehículos eléctricos obliga a planificar la red de recarga con criterios de movilidad, demanda regional y conectividad carretera, dice la Electro Movilidad Asociación (EMA).
carga eléctrica
Las especialistas destacan que la carga residencial y, sobre todo, la instalada en centros de trabajo, serán determinantes para ampliar el acceso a quienes no cuentan con cochera propia. (Artemio Guerra Baz)

Al primer trimestre de 2026, el país contaba con 4,802 electrolineras para atender un parque de 235,501 vehículos eléctricos, lo que equivale a una estación por cada 49 unidades, de acuerdo con datos de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y Electro Movilidad Asociación (EMA).

Aunque esta proporción es competitiva frente a mercados más maduros, especialistas coinciden en que el desafío dejó de ser únicamente instalar más cargadores y ahora consiste en desplegarlos donde realmente se necesitan para garantizar recorridos urbanos y carreteros sin interrupciones.

Para Isabel Studer, presidenta de Sostenibilidad Global e impulsora de la Alianza por la Movilidad Sostenible para Todos, el riesgo es que el crecimiento de la infraestructura replique las desigualdades territoriales del país.

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"El riesgo de fondo es construir una transición de dos velocidades que reproduce las desigualdades que ya conocemos. Si la infraestructura se instala donde ya hay poder adquisitivo, la electromovilidad se vuelve un bien de las zonas urbanas de alto poder adquisitivo y profundiza la pobreza energética en lugar de corregirla", advierte Studer.

La especialista sostiene que concentrar la infraestructura únicamente en los mercados con mayor demanda podría limitar el acceso a la movilidad eléctrica en buena parte del territorio nacional. A su juicio, la transición solo será sostenible si incorpora criterios de equidad territorial desde esta etapa de desarrollo, ya que corregir posteriormente una red desigual implicaría mayores costos económicos y sociales.

El Global EV Outlook 2025, de la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés), muestra que Oslo opera con más de 30 vehículos eléctricos por punto de carga público, mientras que Estocolmo y Copenhague mantienen menos de 10. Estas diferencias responden a factores como la disponibilidad de carga residencial, la densidad urbana y la estrategia de despliegue de cada ciudad, lo que demuestra que no existe una proporción universal para medir la suficiencia de la infraestructura.

La IEA también prevé que en Estados Unidos la relación aumente de alrededor de 32 a casi 40 vehículos eléctricos por cargador público hacia 2030, conforme crece el acceso a la carga doméstica y la infraestructura pública se vuelve más eficiente, por lo que señala que el desempeño de una red depende más de la ubicación, capacidad y utilización de los cargadores que del número total de estaciones instaladas.

En México, la infraestructura continúa concentrándose en unos cuantos estados. La Ciudad de México suma 973 electrolineras; Jalisco, 521; Estado de México, 464; Nuevo León, 334, y Guanajuato, 256. En el extremo opuesto, Tlaxcala dispone de apenas 16 estaciones; Tabasco, 18; Campeche, 19, y Zacatecas, 23, según cifras de la CFE. Para la EMA, esta distribución refleja que el despliegue de la red ha seguido principalmente la demanda de los mercados regionales, dejando amplias zonas con una cobertura limitada.

"La concentración de los puntos de recarga representa un reto para quienes buscan realizar viajes interurbanos o viven en entidades con una oferta limitada. Conforme aumenta la adopción de vehículos eléctricos, la cobertura territorial comenzará a ser tan importante como el número total de cargadores instalados, especialmente en corredores logísticos y carreteros", señala la IEA.

Studer considera que contar cargadores mide insumos, no resultados. Más allá del total instalado, México necesita medir la equidad territorial: cargadores por habitante y por vehículo, desagregados por región. Además, propone incorporar indicadores de confiabilidad y cobertura de corredores carreteros para conocer si la infraestructura realmente permite conectar regiones fuera de las principales zonas metropolitanas.

Desde la perspectiva de los operadores, la calidad del servicio será un factor tan importante como la expansión física de la red. Carlos Levy, director de Vemo Charging Network, considera que la relación entre electrolineras y vehículos eléctricos ofrece una referencia útil, pero resulta insuficiente para evaluar la capacidad del sistema.

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"Es un dato interesante, pero no cuenta toda la historia. Ese indicador compara infraestructura total contra parque vehicular, sin considerar la potencia instalada, la ubicación de los puntos o si realmente se están usando. Nosotros preferimos ver la utilización, la disponibilidad y el uptime de la red, que es uno de los principales indicadores de confiabilidad y experiencia del usuario", explica Levy.

El directivo agrega que la discusión debe centrarse en la experiencia del usuario y no únicamente en el crecimiento del inventario de cargadores, ya que considera que se puede tener muchos puntos de carga, pero si están mal distribuidos, mal mantenidos o llegas y no funcionan, el usuario enfrenta fricción.

“La conversación no debería centrarse únicamente en el número de cargadores instalados, sino también en la calidad de la infraestructura y la confiabilidad de la experiencia de carga", dice Levy.

Por su parte, la EMA coincide en que el diseño de la infraestructura debe responder a los patrones reales de movilidad. En su manual mejores prácticas para la implementación de infraestructura de recarga de vehículos eléctricos en Estaciones de Servicio, sostiene que no todos los usuarios tienen las mismas necesidades, por lo que la expansión de la red debe considerar el tipo de recorrido, la frecuencia de uso y la potencia requerida en cada ubicación.

La asociación explica que algunos conductores realizan recargas parciales durante sus actividades diarias, mientras que otros requieren estaciones de carga rápida para viajes de larga distancia o para la operación de flotillas. Bajo esta lógica, una expansión homogénea podría resultar menos eficiente que una planeación basada en la demanda específica de cada región.

Studer añade que la infraestructura pública tampoco puede ser la única apuesta para el desarrollo de la electromovilidad. Asegura que la carga residencial y, sobre todo, la instalada en centros de trabajo, serán determinantes para ampliar el acceso a quienes no cuentan con cochera propia. En su opinión, facilitar la instalación de cargadores en edificios corporativos y estacionamientos representa una de las medidas de mayor impacto y menor costo para acelerar la transición.

La EMA recomienda que los operadores monitoreen de manera permanente el comportamiento de los usuarios para ajustar la oferta de servicios, mientras que la IEA advierte que fortalecer la capacidad de la red eléctrica, reducir los tiempos de conexión de nuevos proyectos e impulsar la interoperabilidad entre operadores serán factores decisivos para evitar que la infraestructura se convierta en un cuello de botella para la electrificación del transporte.

La siguiente etapa de la electromovilidad en México dependerá menos del ritmo al que crezcan las ventas de vehículos eléctricos y más de la capacidad para construir una red de recarga equilibrada, confiable y distribuida en todo el territorio. El reto será que esa infraestructura no solo acompañe el crecimiento del mercado, sino que también permita que la transición hacia la movilidad eléctrica ocurra con criterios de eficiencia, cobertura y equidad.

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