Durante años dimos por hecho que la transición energética estaba desplazando a la vieja geopolítica del petróleo. Los acontecimientos recientes en Venezuela muestran lo contrario. La energía volvió al centro del tablero global, no como un insumo más, sino como un eje de poder, estabilidad y negociación internacional.
Geopolítica energética en reacomodo: petróleo, gas natural y riesgos estratégicos para México
Más allá del debate político, en días recientes se dio a conocer un acuerdo mediante el cual Estados Unidos tendría acceso a una parte de la producción petrolera venezolana y a beneficios económicos asociados. El contexto importa. Hablamos de intervención, reconfiguración institucional y cuestionamientos desde el derecho internacional. El mensaje implícito es claro: el petróleo, y cada vez más el gas natural, siguen siendo instrumentos estratégicos en la arquitectura del poder global.
Conviene poner las cosas en su justa dimensión. Venezuela posee enormes reservas de crudo, pero su capacidad real de influir en el mercado en el corto plazo es limitada. Años de subinversión, deterioro de infraestructura, pérdida de capital humano y sanciones redujeron su producción a una fracción de su potencial. Tener reservas no equivale a producir barriles, y mucho menos a hacerlo de manera sostenida y confiable. El mercado lo entiende así, y por eso la reacción en precios ha sido, hasta ahora, contenida.
El verdadero reacomodo ocurre en el ecosistema ampliado del petróleo y el gas natural. El acceso preferente a crudos pesados venezolanos reconfigura flujos hacia refinerías específicas, particularmente en el Golfo de Estados Unidos. Esto refuerza una tendencia que se ha vuelto cada vez más evidente: la energía ya no se mueve solo por eficiencia económica, sino por alineamientos geopolíticos, seguridad de suministro y control de cadenas estratégicas.
Al mismo tiempo, el gas natural se consolida como el pivote del sistema energético global. Es el respaldo de las energías renovables intermitentes, el combustible dominante en la generación eléctrica y un insumo crítico para la competitividad industrial. A diferencia del petróleo, el gas natural no se mueve con facilidad. Depende de infraestructura, contratos de largo plazo y, sobre todo, de estabilidad política. Por eso, los reacomodos geopolíticos no siempre se reflejan de inmediato en el precio, sino en algo más delicado: la continuidad del suministro.
Aquí es donde México entra en una zona de especial vulnerabilidad. El país importa más del 70 % del gas natural que consume, principalmente desde Estados Unidos, y cerca de dos terceras partes de la generación eléctrica dependen de este energético (Sener, 2024). En la práctica, el sistema eléctrico mexicano está acoplado al sistema gasífero estadounidense. Cualquier disrupción, ya sea por eventos climáticos extremos, decisiones regulatorias, tensiones comerciales o cambios geopolíticos, tiene un impacto directo en costos, confiabilidad y competitividad.
Esta dependencia cobra mayor relevancia en un momento clave. Por un lado, se avecina la renegociación del tratado comercial con Estados Unidos, donde la energía, aunque no siempre explícita, será un tema transversal en discusiones sobre seguridad, cadenas de suministro y reglas de origen. Por otro, el Programa Sectorial de Energía 2025–2030 reconoce de manera explícita la dependencia del gas natural, la vulnerabilidad del sistema eléctrico y la necesidad de una planeación energética más sólida.
El diagnóstico es acertado. México enfrenta un riesgo estructural por su dependencia energética externa. El problema es quedarse solo en el diagnóstico. Los movimientos en Venezuela, el acceso preferente de Estados Unidos a producción petrolera, la disciplina de oferta de los países productores y la creciente politización del gas natural confirman que la energía será cada vez más un activo de negociación geopolítica, no un commodity neutral sujeto únicamente a oferta y demanda.
Para México, el principal riesgo no está en el petróleo venezolano en sí, sino en la lección que deja este momento. Tener recursos no garantiza soberanía energética. La soberanía se construye con diversificación, resiliencia, infraestructura y reglas claras. En un entorno donde el gas natural define la estabilidad eléctrica y la competitividad industrial, depender casi por completo de importaciones es una exposición estratégica que no puede seguir tratándose como un tema secundario.
La coyuntura actual debería servir para elevar la discusión energética en México, alejándola de la confrontación ideológica y acercándola a una lectura pragmática del mundo que está emergiendo. Un mundo donde la energía vuelve a ser instrumento de poder, donde los acuerdos petroleros tienen implicaciones geopolíticas y donde el gas natural se convierte en el verdadero termómetro de la seguridad energética.
En este contexto, la planeación energética no puede quedarse en un ejercicio administrativo. Debe traducirse en decisiones que reduzcan vulnerabilidades, anticipen escenarios y fortalezcan la posición de México en un entorno internacional cada vez más volátil. Lo que ocurre hoy en Venezuela no es un episodio aislado. Es una señal clara del mundo energético en el que México ya está jugando, le guste o no.
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Nota del editor: Guillermo Gómez es Director General de Consultoría Sustentable G2H, Presidente del Consejo Nacional de Biogás y Director Técnico de la Asociación Mexicana de Gas Natural Vehicular, con experiencia en análisis energético, gas natural, biogás y transición energética en México. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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