El 4 de febrero, mientras el secretario de Estado, Marco Rubio, convocaba en Washington a representantes de 54 países para la primera Conferencia Ministerial de Minerales Críticos, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, anunciaba el Plan de Acción México–Estados Unidos con una frase memorable: “Si no estás en la mesa, estás en el menú.” La metáfora es potente. El problema es otro: sentarse no equivale a decidir.
Minerales críticos. México en la mesa, ¿pero con qué menú?
Ese mismo día, Washington desplegaba una arquitectura financiera y comercial para asegurar su suministro estratégico: acuerdos bilaterales, mecanismos preferenciales y reservas respaldadas por miles de millones de dólares. México no está diseñando esa arquitectura; está siendo invitado a integrarse a ella. La pregunta que sigue sin respuesta clara es simple y decisiva: ¿bajo qué condiciones participamos, y con qué capacidad para sostenerlas?
Lo que tenemos — y lo que nos falta
México no es un actor minero menor. El cobre, insustituible para la electrificación, las energías renovables y los centros de datos, ocupa un lugar real en nuestra estructura productiva. Pero entre las reservas y el poder industrial hay una distancia considerable.
El grafito, indispensable para las baterías de litio, lo expone sin ambigüedades: en 2025, China produjo aproximadamente 1.4 millones de toneladas —82% del mercado mundial— mientras México produjo 740 toneladas métricas. No es un matiz estadístico; es una asimetría estructural. La brecha no es solo productiva; es de la cadena de valor. China no se limita a extraer: purifica, transforma y fabrica materiales activos para baterías. Ahí se concentran el margen, la tecnología y la capacidad de negociación.
El litio, convertido en símbolo político de la 4T, tampoco es hoy una palanca industrial inmediata. La presidenta Sheinbaum ya reconoció que el litio en arcilla no resulta económicamente viable. Podría convertirse en un recurso relevante a largo plazo si la tecnología evoluciona, pero en la ecuación actual, México no es jugador.
Las tierras raras completan el panorama: China concentra cerca del 90% del procesamiento global. Sin capacidad de refinación doméstica, cualquier extracción mexicana regresaría procesada —y con mayor valor agregado— desde el exterior.
El desafío no es geológico. Es productivo.
La trampa del proveedor primario
México ha enfrentado este dilema antes: exportar materia prima e importar productos de mayor complejidad tecnológica. Lo vemos con el petróleo. La transición energética no corrige automáticamente ese patrón; puede profundizarlo.
La diferencia entre vender grafito concentrado y fabricar materiales activos de ánodo para baterías es la diferencia entre capturar rentas primarias y rentas industriales. En la reconstrucción de las cadenas de suministro en América del Norte, Canadá ya produce 17 minerales críticos estratégicos para Estados Unidos; México produce 9, con menor infraestructura de procesamiento.
Sin una estrategia industrial explícita, la integración regional puede derivar en una especialización funcional: procesamiento avanzado al norte, extracción al sur. Eso no es cooperación estratégica. Es una jerarquía productiva con un discurso de resiliencia.
La presión que nadie nombra
En este contexto, la Cámara Minera ha insistido en “flexibilizar” la Ley Minera de 2023 para atraer inversión. El término merece analizarse con frialdad económica. Europa, Japón y Corea —todos actores relevantes en la nueva geografía de los minerales críticos— están elevando sus estándares ambientales y sociales. La trazabilidad y la consulta previa forman parte del acceso a mercado. El capital que compite en este sector no busca solo volumen; busca estabilidad regulatoria y licencia social.
La Ley Minera de 2023 puede leerse no solo como restricción, sino también como instrumento de posicionamiento. Desmantelarla no necesariamente mejora la competitividad; puede desplazar al país hacia los segmentos menos sofisticados de la cadena. Además de todos los impactos sociales y ambientales que conllevan. Y barato no es lo mismo que estratégico.
El verdadero indicador de si México actúa como socio industrial o como periferia extractiva no será el comunicado bilateral, sino la manera en que se articule una ruta de acción que no solo se enfoque en la regulación, sino también en recursos para desarrollar capacidades tecnológicas y en financiamiento para emprendimientos y nuevos negocios.
Cuatro elementos que definirán el resultado
Si México quiere algo más que royalties y empleos de primer eslabón, la discusión debe incorporar cuatro elementos centrales.
Primero, transferencia tecnológica real como condición de financiamiento. Sin procesamiento local y desarrollo de capacidades, la cooperación se limita a extracción.
Segundo, vincular los minerales críticos con política industrial efectiva, conectando el plan comercial con el Instituto Mexicano del Petróleo, la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, las universidades públicas y privadas, los centros de capacitación tecnológicos y las cadenas automotrices y electrónicas que ya operan en el país.
Tercero, entender la regulación como parte de la estrategia competitiva. Los estándares ambientales y de consulta pueden convertirse en activos si se acompañan de certeza institucional y de fortalecimiento técnico.
Cuarto: coordinar con Canadá dentro de esta arquitectura regional, en lugar de competir a la baja. Ambos países comparten el riesgo de quedar confinados al eslabón primario en un diseño que responde a prioridades externas.
La transición energética no cancela la geopolítica: la intensifica. Pero para México el núcleo del desafío no es retórico, sino productivo.
Hay que estar en la mesa. En eso la frase de Ebrard es correcta. Lo que definirá el resultado no será la presencia, sino la capacidad de convertir recursos naturales en poder industrial. Y en los minerales críticos, esa diferencia puede marcar la posición económica del país durante generaciones.
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Nota del editor: Antonio Vizcaya Abdo es consultor en distintas organizaciones y profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México enfocado en Sostenibilidad Corporativa. Reconocido por LinkedIn como Top Voice en Sostenibilidad. Síguelo en LinkedIn Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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