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México y su doble estándar vehicular: una política sin dirección

La congestión vehicular no solo deteriora la calidad de vida: también resta competitividad, productividad y salud.
mar 11 noviembre 2025 06:03 AM
Crisis en la logística mexicana: la estrategia de las empresas ante los aranceles de EU
Frenar la importación de camiones usados es necesario, pero insuficiente. La verdadera discusión no está en los puertos de entrada, sino en las ciudades donde el aire se respira cada vez con más dificultad, señala Isabel Studer. (Foto: Sandy Huffaker/AFP)

El 4 de noviembre, Marcelo Ebrard fue categórico: “La importación de vehículos que no cumplen con las normas ambientales en México se acabó.” A su lado, Alicia Bárcena reafirmó el compromiso del país con “una economía que crezca sin contaminar”. Ambos tenían razón, y su anuncio fue recibido como una señal alentadora. Pero también reveló algo incómodo: la política mexicana de transporte y descarbonización sigue siendo una colección de medidas dispersas, más reactivas que estratégicas.

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El decreto se enfoca en camiones y autobuses usados, como si ahí estuviera concentrado el problema. Pero mientras se cierran las puertas a los vehículos pesados, el país mantiene abiertas las de los automóviles viejos que circulan sin control ambiental. El resultado es un mensaje contradictorio: un Estado que habla de transición energética con la misma voz con que normaliza la obsolescencia.

La coherencia como política pendiente

Ebrard tiene razón: México no puede seguir siendo el basurero de los motores que Estados Unidos desecha. Y Bárcena también: la descarbonización no es una opción, sino una urgencia. Sin embargo, las decisiones siguen guiadas por la coyuntura, no por una visión de largo plazo. Nos hemos acostumbrado a administrar el rezago.

Frenar la importación de camiones usados es necesario, pero insuficiente. La verdadera discusión no está en los puertos de entrada, sino en las ciudades donde el aire se respira cada vez con más dificultad. Ahí se juega el futuro de la movilidad mexicana: en la falta de transporte público digno, de sistemas multimodales eficientes y de planeación urbana que conecte bienestar con sustentabilidad. México no podrá hablar de transición energética mientras millones de personas dependan del automóvil para sobrevivir al caos cotidiano. No se trata de cambiar de combustible, sino de cambiar de modelo.

Una transición a contracorriente

Mientras México busca su rumbo, el tablero global cambia. El regreso de Donald Trump a la presidencia estadounidense redefine el horizonte: un liderazgo que niega la urgencia climática, desprecia los estándares ambientales y desconfía de la electromovilidad. No es un detalle menor. Casi 85 % de los vehículos ensamblados en México se exportan a Estados Unidos, lo que significa que el futuro de nuestra industria depende, en gran medida, de la política del vecino del norte.

Si Washington relaja sus normas de eficiencia, las armadoras podrían postergar inversiones en tecnologías limpias. México corre así el riesgo de volver a ser —como tantas veces— un engranaje subordinado de una máquina ajena. Producimos lo que el otro compra, no lo que necesitamos.

Pero si México aspira a ser líder en la descarbonización, como ha reiterado Alicia Bárcenas en la COP30 en Brasil, debe mirar hacia adentro. No hacia las fábricas del norte, sino hacia sus propias ciudades, donde la movilidad se ha convertido en un sinónimo de desigualdad.

La movilidad, espejo de nuestra desigualdad

La movilidad mexicana no está diseñada para transportar personas, sino para mantenerlas en su sitio. Quien puede, paga por escapar del tráfico, del transporte ineficiente y del aire sucio. Quien no puede, respira contaminación y pierde horas de vida en trayectos interminables.

Más del 80 % de la población vive en zonas urbanas fragmentadas, donde el transporte público se percibe como un castigo. Esa es la verdadera crisis: una movilidad que reproduce la desigualdad, erosiona la productividad y enferma a las ciudades.

La descarbonización no se logrará con autos eléctricos de lujo ni con mini autos urbanos, sino con autobuses eléctricos, trenes interurbanos, ciclovías seguras y una densificación urbana planificada. Moverse bien es un derecho, no un privilegio. Y no se trata de vender más coches ni de seguir llenando nuestras ciudades de autos, sino de construir sistemas de movilidad que beneficien a todas las personas.

La congestión vehicular no solo deteriora la calidad de vida: también resta competitividad, productividad y salud. México necesita sistemas integrales de movilidad de personas y mercancías, y eso requiere inversión pública, planeación de largo plazo y una visión de país.

Si el Estado quiere apostar por el futuro, debe invertir en infraestructura de movilidad sostenible, no en rescatar empresas petroleras que perpetúan el pasado. En lugar de discursos sobre el “liderazgo climático” de México, necesitamos hacer realidad lo que mejora la vida cotidiana: un transporte limpio, accesible y seguro.

Entre la retórica y el rumbo

La transición mexicana avanza hacia afuera, no hacia adentro. Exportamos autos cada vez más limpios, mientras seguimos moviéndonos con los que el mundo ya desechó. El país produce innovación industrial sin transformar su propio paisaje urbano.

No se trata solo de infraestructura, sino de coherencia. La transición energética no se decreta: se construye, calle por calle, decisión por decisión. El problema no es que México no se mueva, sino que no sabe hacia dónde lo hace.

El anuncio de Ebrard y Bárcena fue, en ese sentido, un espejo: muestra lo que el país podría ser y lo que aún no logra imaginar. Habla de voluntad, pero también de un vacío: el de una política que ha confundido modernidad con sustitución tecnológica, cuando lo que se requiere es un rediseño profundo del sistema de movilidad y del pacto urbano.

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Mirar hacia adentro

Apostar por una política industrial y urbana que fortalezca el mercado interno, electrifique el transporte público y reconecte las ciudades con la calidad de vida. Ahí está el verdadero liderazgo: en demostrar que el desarrollo y la sostenibilidad no son antónimos, sino condiciones del bienestar.

Ebrard tiene razón: no podemos seguir importando contaminación. Y Bárcena también: el crecimiento sin límites es una forma de suicidio colectivo. Pero entre ambas afirmaciones hay un espacio que sigue vacío: el de la política que las haga realidad.México no necesita más decretos, sino dirección. Y en esa dirección, el aire que respiramos y el tiempo que perdemos deberían tener tanto peso como cualquier tratado comercial.

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Nota del editor: Isabel Studer es Presidenta de Sostenibilidad Global. Síguela en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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Opinión Equipamiento para vehículos

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