La renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC) no será una revisión técnica ni rutinaria. Se dará en un contexto de tensión geopolítica, fragmentación del comercio global y uso creciente del poder económico como instrumento de presión. Estados Unidos ha vuelto a mezclar comercio, seguridad e inmigración, al tiempo que refuerza políticas favorables a los combustibles fósiles. En este escenario, el mensaje que lanzó Mark Carney en el World Economic Forum es claro: las potencias medias que no redefinan su estrategia negociarán desde la debilidad.
T-MEC. Lo que México puede aprender de Canadá para renegociar con EU
La apuesta de Carney no es rupturista; es profundamente canadiense. Supone el regreso a los principios clásicos de una potencia media: multilateralismo pragmático, diversificación de alianzas, construcción de reglas y defensa de la soberanía sin estridencias. La diferencia es que esos principios se ajustan a una nueva realidad, en la que Estados Unidos ya no puede asumirse como el socio estratégico estable y confiable que fue durante décadas. Canadá no rompe con Washington, pero deja de depender de supuestos que ya no existen. Ajusta su estrategia al mundo real, no al mundo que fue.
Autonomía estratégica no es “pro-China”
Uno de los errores más comunes —y políticamente convenientes— es suponer que resistir la coerción estadounidense implica alinearse con China. El mensaje de Carney es exactamente el contrario. China enfrenta límites claros como líder alternativo para los aliados históricos de Estados Unidos, especialmente por su régimen autoritario y sus déficits en derechos humanos. Cambiar de polo no es una salida limpia: tiene costos políticos, reputacionales y de valores.
La alternativa es una tercera vía para las potencias medias: diversificar sin mudarse de dueño. Construir coaliciones pragmáticas entre países con estándares compatibles — multilateralismo de clubes— para reducir dependencias excesivas, gestionar riesgos y sostener reglas funcionales. No es neutralidad. Es estrategia.
Para México, este punto es central. El dilema no es escoger entre Washington y Beijing, sino decidir si llega a la renegociación del T-MEC como receptor de condiciones o como un país con una plataforma propia de negociación.
Del T-MEC defensivo al T-MEC estratégico
Hasta ahora, México ha tratado el T-MEC como un escudo: cumplir lo indispensable para evitar sanciones y disputas. Una visión minimalista y defensiva. Canadá concibe la integración con su vecino del sur como plataforma. La diferencia es sustantiva. Quien llega a la mesa solo a contener daños no redefine reglas.
Aprender de Canadá implica transformar el T-MEC en un instrumento de posicionamiento estratégico, con propuestas propias en seguridad económica ampliada —energía, finanzas, tecnología y clima—, cadenas de suministro resilientes, estándares ambientales y laborales creíbles, y cooperación en seguridad sin subordinación. No se trata de confrontar a Estados Unidos, sino de negociar entre pares.
Un aprendizaje adicional del enfoque canadiense es la separación de planos en la relación bilateral. México debe desvincular seguridad e inmigración de la negociación comercial. Cuando estos temas se mezclan, el comercio deja de regirse por reglas y se convierte en moneda de presión política. Canadá coopera en seguridad, pero no acepta que esa cooperación determine los términos económicos. Para México, esta distinción es clave.
Transición energética: de carga política a ventaja competitiva
Aquí se abre una oportunidad que México no está aprovechando, además considerando la red de tratados que Canadá y Europa quisieran. Con el giro estadounidense a favor de los combustibles fósiles, una parte creciente de la inversión global en energía limpia, manufactura verde y tecnologías bajas en carbono buscará destinos alternativos. Canadá lo ha entendido: la transición energética es estrategia industrial y de atracción de capital, no solo obligación climática.
México, en cambio, ha tratado la transición como tema incómodo o impuesto, de retórica más que de acción estratégica. Defender la transición hoy no es ideología; es competitividad. México debe afirmar con claridad que, en el ámbito comercial, la transición energética es un área crucial para su desarrollo, no una moneda de cambio coyuntural.
Nearshoring verde vs. nearshoring fósil
La renegociación del T-MEC obligará, implícitamente, a elegir entre dos modelos: un nearshoring fósil, intensivo en carbono y dependiente de gas barato, o un nearshoring verde, basado en electrificación, eficiencia energética y manufactura avanzada. Canadá ya apostó por el segundo. México aún no define el suyo. No elegir también es una elección.
Seguridad energética y visión de largo plazo
El momento actual deja una lección clara: México debe reducir de manera urgente su dependencia de Estados Unidos en la importación de gas natural y gasolinas. La vulnerabilidad energética se ha convertido en vulnerabilidad estratégica. Donald Trump estará otros tres años, pero el problema no es Trump. Es haber construido un modelo que depende estructuralmente de decisiones ajenas.
Diversificar mercados, fuentes y socios no debilita la relación con Estados Unidos; la equilibra. Seguir negociando desde la dependencia fósil es negociar desde la debilidad.
El mensaje de Carney es contundente: en un mundo de poder desnudo, la autonomía se construye. Oponerse a la coerción no es alinearse con China; es diseñar una tercera vía para las potencias medias. Para México, la renegociación del T-MEC es una oportunidad histórica para definir la visión del país que quiere ser, atraer inversión verde y negociar con mayor fuerza. Canadá ya tomó esa decisión. México aún está a tiempo.
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Nota del editor: Isabel Studer es Presidenta de Sostenibilidad Global. Síguela en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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