Quienes han trabajado en temas de biodiversidad y cambio climático han probado múltiples estrategias para llamar la atención e incentivar el cambio. La ciencia ha sido y seguirá siendo el pilar de ese esfuerzo, pero su lenguaje técnico limita su conexión con audiencias amplias.
Ahí es donde el arte se convierte en una herramienta capaz de traducir datos complejos en experiencias emocionales que despiertan interés, curiosidad y, eventualmente, acción. Esa es la convicción de Cristina Mittermeier, fotógrafa mexicana, y de Gabriela Gómez, directora de Fomares, organización dedicada a la conservación de los mares.
Mittermeier explica que desde los años noventa identificó en la fotografía un lenguaje universal, capaz de cruzar barreras culturales, políticas y académicas. Frente a una narrativa dominante basada en el fatalismo, su trabajo se ha enfocado en lo que denomina “esperanza basada en la evidencia”, que son historias reales de soluciones, comunidades y personas que ya están actuando para proteger ecosistemas y restaurar la relación entre la humanidad y la naturaleza.