Cuando se aborda la sostenibilidad desde una perspectiva empresarial, el punto de partida suele estar en las emisiones y el cambio climático. Durante años, este enfoque ha permitido estructurar metas, movilizar inversiones y generar avances relevantes. Con el tiempo, sin embargo, también ha evidenciado sus límites frente a la complejidad de los desafíos ambientales actuales.
Los compromisos corporativos sobre naturaleza crecen, pero la agenda aún está en construcción
El desempeño ambiental de una empresa depende de muchos más factores que su huella de carbono. La disponibilidad de agua, la estabilidad de los ecosistemas, la biodiversidad y la gestión de materiales influyen directamente en la continuidad operativa, los costos, la exposición a riesgos y la resiliencia de largo plazo. Por esa razón, una estrategia de sostenibilidad que no incorpore la naturaleza queda incompleta desde una lógica de negocio.
En los últimos años, esta comprensión ha comenzado a permear con mayor fuerza en la agenda corporativa. Temas como biodiversidad, bosques, uso del suelo, químicos, plásticos y nutrientes han ganado visibilidad en reportes, compromisos públicos y marcos estratégicos. Aun así, el avance ha sido gradual y con ritmos distintos entre empresas, sectores y regiones.
Este reposicionamiento de la naturaleza responde a múltiples factores. Entre ellos destacan el aumento de la presión regulatoria, una mayor atención de inversionistas a los riesgos ambientales y una lectura más clara de las interdependencias entre negocio y capital natural. A pesar de ello, llevar estos temas al centro de la toma de decisiones sigue siendo un reto para muchas organizaciones.
Avances visibles, pero con una brecha clara en la implementación
Un análisis reciente de McKinsey muestra que los compromisos corporativos relacionados con la naturaleza se han ampliado de forma sostenida desde 2022 entre las empresas Fortune Global 500. En 2025, el 28% de estas compañías cuenta con objetivos en 3 o más dimensiones de la naturaleza, frente al 16% registrado en 2022, lo que refleja una ampliación clara del alcance de las agendas ambientales.
Al mismo tiempo, el estudio evidencia una diferencia relevante entre reconocimiento y acción. En dimensiones como bosques, biodiversidad, agua o nutrientes, los compromisos generales han crecido mucho más rápido que los objetivos cuantificables. Por ejemplo, desde 2022 los compromisos relacionados con biodiversidad aumentaron 21.3 puntos porcentuales, mientras que los objetivos formales crecieron solo 8.2 puntos en el mismo periodo.
Una dinámica similar se observa en químicos y plásticos, donde los compromisos aumentaron 24.2 puntos, frente a un crecimiento de 9.5 puntos en objetivos medibles. Estos datos sugieren que, aunque la agenda se amplía, la capacidad de traducirla en métricas operativas avanza con mayor cautela.
Parte de esta brecha se explica por la complejidad técnica. Medir impactos sobre biodiversidad, agua o uso del suelo exige datos más sofisticados, metodologías aún en evolución y mayor trazabilidad en cadenas de suministro extensas. Además, estos temas suelen requerir coordinación entre múltiples áreas internas, lo que incrementa la dificultad de implementación.
El entorno externo también influye en la velocidad del progreso. A nivel regional, Asia registró un aumento de 7 puntos porcentuales en empresas con 3 o más objetivos relacionados con la naturaleza en 2025, mientras que Europa y Norteamérica mostraron caídas de 1.7 y 2.9 puntos, respectivamente. Estas diferencias reflejan tanto marcos regulatorios como prioridades estratégicas distintas.
Como resultado, la agenda de naturaleza avanza de manera desigual. Algunas organizaciones comienzan a integrar estos temas en su gestión de riesgos, inversión y planeación estratégica, mientras otras permanecen en etapas más tempranas, con impactos aún limitados en la operación cotidiana.
Tres líneas de acción para fortalecer la agenda corporativa de naturaleza
En primer lugar, resulta clave vincular la naturaleza con la estrategia de negocio. Identificar dependencias e impactos sobre el capital natural permite conectar estos temas con riesgos financieros, continuidad operativa y creación de valor. Esta conexión facilita que las decisiones ambientales influyan en inversiones, diseño de productos y modelos operativos.
En segundo lugar, conviene priorizar y avanzar hacia objetivos medibles. Un enfoque progresivo suele ser más efectivo: comenzar por los temas más materiales, definir métricas claras y asignar responsabilidades concretas. Este proceso fortalece la consistencia interna y la credibilidad externa de los compromisos.
Finalmente, es fundamental desarrollar capacidades y fomentar la colaboración. La gestión de impactos sobre la naturaleza requiere nuevas habilidades, mejores sistemas de información y cooperación con proveedores, clientes, pares de la industria y marcos comunes. Estas alianzas aceleran el aprendizaje y reducen barreras de implementación.
En esta etapa de maduración, la atención se desplaza gradualmente desde la cantidad de compromisos hacia la calidad de los resultados. La capacidad de demostrar avances concretos será un factor cada vez más determinante para evaluar el desempeño ambiental corporativo.
La sostenibilidad empresarial está entrando en una fase donde la naturaleza y la biodiversidad adquieren un peso estratégico creciente. Integrarlas de forma consistente permitirá a las organizaciones fortalecer su resiliencia, anticipar riesgos y adaptarse a un entorno donde la relación entre negocio y ecosistemas será un eje central de la competitividad de largo plazo.
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Nota del editor: Antonio Vizcaya Abdo es consultor en distintas organizaciones y profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México enfocado en Sostenibilidad Corporativa. Reconocido por LinkedIn como Top Voice en Sostenibilidad. Síguelo en LinkedIn Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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