Más allá de los debates tradicionales sobre crecimiento o competitividad, Davos dejó claro que la estabilidad que dábamos por sentada está entrando en una transformación profunda. Hoy, los riesgos ya no se concentran únicamente en el cambio climático o la desigualdad —temas centrales para el sector—, sino en el propio orden global que ha sostenido la movilidad, el comercio, las cadenas de suministro y la confianza entre países.
Una de las intervenciones más significativas fue la del primer ministro de Canadá, Mark Carney, quien lanzó una advertencia contundente: “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”. Se refería a un contexto en el que las reglas que antes guiaban el comercio, la cooperación y la confianza internacional se están desmoronando. Para el turismo, esto se traduce en volatilidad en flujos de viajeros, tensiones en costos operativos, disrupciones en suministros y mayor fragilidad en destinos altamente dependientes de mercados externos.
La ovación que recibió Carney reconocía una realidad compartida: la globalización está siendo empujada hacia su forma más tensa e incierta. Las interdependencias que daban estabilidad a sistemas complejos, incluido el turismo internacional, están siendo cuestionadas en sus cimientos. El propio Carney fue explícito al señalar que las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma: “tarifas como palanca, infraestructura financiera como coerción, cadenas de suministro como vulnerabilidades”. En paralelo, Christine Lagarde subrayó la necesidad de distinguir “la señal del ruido”, recordando que la interdependencia persiste, aun cuando las formas de cooperación cambian.
Este contexto no es marginal para el sector turístico. Pensar la sostenibilidad desde una perspectiva sistémica y regenerativa implica reconocer que hoteles, destinos y operadores no solo gestionan activos físicos, sino ecosistemas sociales y ambientales de los que dependen directamente. La necesidad de alinear el crecimiento turístico con los límites planetarios y con la resiliencia de los territorios ya no es discutible: es urgente. Como lo expresó Johan Rockström: “Si no hay naturaleza, no hay humanidad, ni empresas, ni dividendos.” En turismo, esta ecuación es literal.
Los datos del Global Risks Report 2026 refuerzan esta lectura. La confrontación geoeconómica es hoy el principal riesgo inmediato con mayor probabilidad de detonar una crisis global, superando incluso al cambio climático en el corto plazo. Esto implica que la competencia por recursos, mercados y control de cadenas de suministro está desplazando a la cooperación como principio organizador del sistema global. Para una industria basada en la movilidad, la confianza y la experiencia, este cambio no es menor.