En medio de la congestión de las principales ciudades mexicanas, la motocicleta aparece como una alternativa de movilidad que responde tanto a la necesidad de desplazamiento como a la generación de ingresos. Sin embargo, su expansión ha superado la capacidad de adaptación de la infraestructura urbana y de la cultura vial, lo que plantea un reto para autoridades, industria y usuarios.
Boom de motocicletas rebasa a la infraestructura y la cultura vial en México
De acuerdo con el Inegi, desde 2000 el crecimiento anual promedio compuesto de las motocicletas ha sido de 12.8%, mientras que el de los carros es de 2.9% en el mismo periodo. Este crecimiento responde a cambios estructurales en el uso del vehículo, que pasó de ser un artículo recreativo a una herramienta de trabajo y transporte cotidiano.
Sergio Mendoza, presidente de la Asociación Mexicana de Fabricantes e Importadores de Motocicletas (AMFIM), dice que el aumento del parque vehicular se explica porque cubre dos necesidades: movilidad y generación de ingresos.
De acuerdo con Mendoza, en la actualidad, alrededor de 8 millones de familias dependen directa o indirectamente de este medio, particularmente en actividades de reparto y servicios de última milla. Además, el sector genera más de 40,000 empleos directos en el país, con presencia industrial en estados como Estado de México, Querétaro, Chihuahua y Nuevo León.
En un contexto urbano donde los traslados pueden superar las dos horas diarias, la motocicleta ofrece ventajas operativas. Su tamaño y maniobrabilidad permiten reducir tiempos de traslado y facilitar la circulación en zonas congestionadas. Un estudio de la Universidad de Lovaina en Bélgica, estima que sustituir 10% de los automóviles por motocicletas podría reducir la congestión vehicular hasta en 40% en determinados tramos.
La motocicleta también es uno de los medios más usados para los servicios de entrega a domicilio, lo que ha disminuido el uso de vehículos más grandes para recorridos cortos, lo que a su vez puede traducirse en menores emisiones por viaje, de acuerdo con un análisis del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) sobre movilidad urbana.
Aunque las motocicletas pueden contribuir a reducir la congestión y el consumo de combustible por trayecto, su impacto en emisiones depende de factores como la tecnología del motor y el mantenimiento. La transición hacia modelos eléctricos aparece como una alternativa, aunque enfrenta barreras tecnológicas y de infraestructura.
En México, la adopción de motocicletas eléctricas es aún incipiente. Entre los principales obstáculos se encuentran la limitada autonomía de las baterías, los tiempos de carga, que pueden alcanzar entre seis y ocho horas, y la falta de estaciones de recarga. Además, el costo de estas unidades suele ser más elevado.
Sin embargo, el avance de la motocicleta también ha evidenciado carencias estructurales. Una de las principales es la falta de infraestructura adaptada. A diferencia de otros modos de transporte como la bicicleta, que en los últimos años ha ganado espacio con ciclovías y programas públicos, la motocicleta no cuenta con una red específica que facilite su integración segura.
Entre las propuestas impulsadas por la AMFIM se encuentran la implementación de cajones de adelantamiento en cruces semaforizados, el desarrollo de carriles compartidos y la identificación de puntos de riesgo para la instalación de señalización y reductores de velocidad.
La seguridad es otro de los ejes críticos. “El tema de la siniestralidad es multifactorial. No seguir el reglamento de tránsito, no usar casco o no respetar a otros usuarios de la vía son factores que incrementan el riesgo”, comenta Mendoza.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que el uso correcto del casco puede reducir hasta en 70% la probabilidad de lesiones graves en la cabeza. En México, la Ley General de Movilidad y Seguridad Vial establece su obligatoriedad, pero su cumplimiento aún es irregular.
“El vehículo ya es una realidad en el ecosistema de movilidad. Lo que se necesita es acompañar su uso con políticas públicas adecuadas, no desincentivarlo”, dice Mendoza.
El reto de fondo sigue siendo la convivencia en el espacio público. La incorporación de nuevos modos de transporte, desde bicicletas hasta scooters y motocicletas, ha transformado la dinámica vial en las ciudades y aumenta la necesidad de una cultura de respeto entre usuarios.