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Menos aplausos a la juventud y más espacio en la mesa

Sabemos explicar qué es el cambio climático, pero no siempre sabemos cómo incidir en un cabildo, cómo revisar un plan de desarrollo urbano o cómo exigir transparencia en un presupuesto ambiental.
jue 19 febrero 2026 06:01 AM
Menos aplausos a la juventud y más espacio en la mesa
La sostenibilidad se aprende haciendo. Cuando hay acompañamiento técnico, respaldo institucional y colaboración empresarial, el impacto deja de ser simbólico. Se vuelve medible, considera Alejandra Contreras Casso López. (Foto: iStock)

En México hablamos mucho de juventudes y sostenibilidad. Organizamos foros, firmamos compromisos, repetimos que las y los jóvenes son el futuro. Pero cuando llega el momento de decidir presupuestos, prioridades y reglas, la puerta se cierra. Y lo he visto más de una vez.

No se trata de falta de interés juvenil. Se trata de falta de poder real. La participación suele quedarse en consultas simbólicas o en espacios donde se escucha, pero no se decide. Esa diferencia está debilitando la confianza.

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El Latinobarómetro 2025, estudio regional que mide percepción ciudadana sobre democracia, instituciones y participación en 18 países de América Latina, muestra que la confianza en las instituciones públicas se mantiene en niveles bajos y que los jóvenes reportan percepciones críticas sobre representación y eficacia. Cuando quienes deberán sostener la agenda ambiental en los próximos años no confían en las instituciones, el problema no es generacional. Es de la estructura.

Lo que algunos llaman apatía es, en realidad, desgaste. Hay jóvenes que estudian política ambiental, que organizan acciones comunitarias, que se forman técnicamente y que presentan propuestas con datos en la mano. No están improvisando. Están preparados. El desgaste aparece cuando esas propuestas no cruzan la puerta donde se toman las decisiones.

Mientras discutimos conceptos, los problemas avanzan. La presión sobre el agua es una realidad en múltiples regiones del país. Comunidades enteras enfrentan restricciones y desigualdad en el acceso. La gestión de residuos sigue siendo insuficiente en muchos municipios. No son temas abstractos. Son afectaciones diarias que requieren decisiones técnicas, presupuesto y continuidad.

También seguimos enseñando sostenibilidad desde el pizarrón. Sabemos explicar qué es el cambio climático, pero no siempre sabemos cómo incidir en un cabildo, cómo revisar un plan de desarrollo urbano o cómo exigir transparencia en un presupuesto ambiental. Informar no basta. Hay que formar capacidad de incidencia.

Cuando el conocimiento se conecta con la acción, el mensaje se multiplica. Los jóvenes no solo participan, lo replican en sus escuelas, en sus familias y en sus entornos.

La sostenibilidad se aprende haciendo. Cuando hay acompañamiento técnico, respaldo institucional y colaboraciónempresarial, el impacto deja de ser simbólico. Se vuelve medible.

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El sector empresarial también ha comenzado a modificar su lógica. Cada vez más compañías integran metas ambientales verificables en su operación. No lo hacen solo por reputación, sino porque la sostenibilidad impacta directamente en riesgos, costos y competitividad. Cuando ese compromiso se conecta con organizaciones que trabajan en territorio y con juventudes que quieren incidir, el impacto es mayor.

El punto es sencillo. No basta con invitar a jóvenes a un panel o a una foto institucional. Se necesita integrarlos en consejos con voto, en comités de evaluación de proyectos, en espacios donde se asignan recursos. Se necesita invertir en su formación técnica y en su bienestar. La participación sin incidencia termina agotando.

Existe una generación con acceso a información, formación profesional y conciencia ambiental. Esa generación no pide reconocimiento simbólico. Pide coherencia. Observa la distancia entre lo que se promete y lo que se ejecuta. Cuando la brecha es evidente, la credibilidad institucional se deteriora y la conversación pública se polariza.

México cuenta con juventudes preparadas, organizaciones con experiencia territorial y empresas que comienzan a asumir compromisos ambientales de fondo. Lo que falta es articular esos esfuerzos bajo esquemas formales de corresponsabilidad. Compartir información, compartir decisiones y asumir riesgos conjuntos.

Abrir la mesa implica revisar prácticas y ceder espacios. Implica aceptar que la sostenibilidad no se diseña en aislamiento y que las juventudes no son invitadas simbólicas, sino actores estratégicos.

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