El Latinobarómetro 2025, estudio regional que mide percepción ciudadana sobre democracia, instituciones y participación en 18 países de América Latina, muestra que la confianza en las instituciones públicas se mantiene en niveles bajos y que los jóvenes reportan percepciones críticas sobre representación y eficacia. Cuando quienes deberán sostener la agenda ambiental en los próximos años no confían en las instituciones, el problema no es generacional. Es de la estructura.
Lo que algunos llaman apatía es, en realidad, desgaste. Hay jóvenes que estudian política ambiental, que organizan acciones comunitarias, que se forman técnicamente y que presentan propuestas con datos en la mano. No están improvisando. Están preparados. El desgaste aparece cuando esas propuestas no cruzan la puerta donde se toman las decisiones.
Mientras discutimos conceptos, los problemas avanzan. La presión sobre el agua es una realidad en múltiples regiones del país. Comunidades enteras enfrentan restricciones y desigualdad en el acceso. La gestión de residuos sigue siendo insuficiente en muchos municipios. No son temas abstractos. Son afectaciones diarias que requieren decisiones técnicas, presupuesto y continuidad.
También seguimos enseñando sostenibilidad desde el pizarrón. Sabemos explicar qué es el cambio climático, pero no siempre sabemos cómo incidir en un cabildo, cómo revisar un plan de desarrollo urbano o cómo exigir transparencia en un presupuesto ambiental. Informar no basta. Hay que formar capacidad de incidencia.
Cuando el conocimiento se conecta con la acción, el mensaje se multiplica. Los jóvenes no solo participan, lo replican en sus escuelas, en sus familias y en sus entornos.
La sostenibilidad se aprende haciendo. Cuando hay acompañamiento técnico, respaldo institucional y colaboraciónempresarial, el impacto deja de ser simbólico. Se vuelve medible.