Bancarrota. Es un término que los financieros usan para hablar de un colapso irreversible de cuentas o empresas. En el cine o la literatura, lo hemos visto dramatizado innumerables veces: desde obras que narran la caída de imperios familiares, hasta personajes que enfrentan pérdidas totales. La bancarrota, en la narrativa popular, no es simplemente un tropiezo: es un punto de no retorno. Y ahora ese término lo usa la ciencia para describir el estado del agua en nuestro planeta.
El mundo está en bancarrota hídrica
Sin duda alguna me parece significativo que hoy ese término no provenga de un banco central ni de un reporte financiero, sino de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH). En un informe reciente, el organismo declaró que el planeta ha entrado en una era de bancarrota hídrica global: ríos, acuíferos, lagos y humedales han sido explotados más allá de su capacidad de recuperación. No se trata de estrés temporal ni de un mal ciclo climático, sino de un agotamiento estructural del capital natural más básico.
La elección del término no es casual. En una economía capitalista, bancarrota significa que el modelo dejó de sostenerse. Y quizá por eso, por primera vez, el mensaje suena en un idioma que los mercados y los consejos de administración pueden entender. Desde hace años, mi socia y yo discutimos en reuniones cómo “hablar en el idioma de las empresas” para lograr que se comprometan con la sostenibilidad. Una y otra vez nos atascamos en la misma pregunta: si las empresas no ven que invertir en sostenibilidad es rentable —que las convierte en mejores negocios—, no van a hacer nada. Les hablamos de métricas, retornos de inversión y reducción de riesgos, porque ese es el idioma que los CFO y los boards entienden. Pero incluso desde esa lógica, la bancarrota hídrica debería ser una señal inequívoca: ningún negocio sobrevive cuando el recurso del que depende se agota.
Conozco bien el sentimiento de bancarrota: seguir gastando aun cuando sabes que ya no hay reservas suficientes. No por irresponsabilidad, sino por negación. El crédito funciona entonces como paliativo: ofrece una ilusión de continuidad cuando, en realidad, el fondo ya se agotó.
Al leer el reporte de la ONU, esa analogía fue inevitable. Ojalá estuviéramos hablando de dinero, pensé. Pero estamos hablando de agua: un recurso vital que seguimos utilizando como si los límites no existieran o como si alguien más fuera a pagar la deuda.
El informe no habla en abstracto. Habla de glaciares que ya no existen, como el Chacaltaya en Bolivia, que dejó de alimentar cuencas enteras. Habla de ciudades que se hunden, como Ciudad de México, donde la sobreexplotación de acuíferos provoca hundimientos diferenciales cada año. Habla de cuerpos de agua como el Lago Chad, que perdió la mayor parte de su volumen en pocas décadas, y de regiones agrícolas que dependen de acuíferos que ya no se recargan. No son escenarios futuros: son consecuencias actuales de haber vivido durante demasiado tiempo por encima de nuestra disponibilidad hídrica.
Mientras tanto, la carrera por la Inteligencia Artificial (IA) se acelera. Los data centers que sostienen esta economía digital consumen enormes cantidades de agua y energía para enfriamiento, y están concentrándose en regiones con alto estrés hídrico. México, Chile, India o el suroeste de Estados Unidos figuran entre los territorios donde esta infraestructura crece, a pesar de que el propio reporte señala que cerca del 70% de las regiones en bancarrota hídrica se concentran en el sur global. A mí me genera algo difícil de nombrar ver cómo el entusiasmo por la tecnología y el “desarrollo” convive con una profunda indiferencia hacia el recurso que sostiene la vida en el planeta.
No todo es inercia. Existimos organizaciones y empresas que ya estamos haciendo el trabajo incómodo de replantear el relacionamiento con el agua y los recursos naturales. En México, por ejemplo, hay empresas sociales como Ponterra o Toroto, que trabajan en la restauración de ecosistemas y la creación de bosques bajo una premisa básica: sin bosques no hay agua, y sin agua no hay economía posible. También existimos quienes acompañamos a empresas a optimizar cadenas productivas, reducir el consumo hídrico en procesos industriales y agrícolas, y devolverle al territorio parte de lo que se le ha extraído durante décadas. No es filantropía: es viabilidad de largo plazo, es resiliencia.
En el ámbito doméstico, por supuesto, también hay responsabilidad. No abrir la llave sin considerar que cada que lo hacemos estamos entrando en deuda. Pensar dos veces antes de desperdiciar agua o asumir que siempre estará ahí. Pero sería cómodo —y falso— creer que el problema se resuelve solo en casa.
No se trata ya de “usar menos agua”. Estamos en un punto en que es inevitable hablar de reformular cómo consumimos y producimos. El sector agrícola —que usa cerca del 70% del agua dulce— y la industria intensiva han llevado al planeta a este estado de agotamiento irreversible del capital hídrico. Ambos, mantienen una deuda profunda con la sociedad por el uso intensivo del agua. En algún punto, la ecuación será inevitable: o se replantean los modelos productivos, o lo que colapsa no es el negocio, sino la subsistencia más básica.Hoy, al escuchar que el mundo está en bancarrota hídrica, espero que el lenguaje que ahora se usa —del mismo campo semántico que los empresarios y financieros entienden— despierte algo más que miedo. Ojalá se traduzca en urgencia y acción estratégica: inversión en cadenas productivas que optimicen el uso del agua, tecnologías de eficiencia hídrica, y modelos de negocio que internalicen la sostenibilidad como condición de rentabilidad futura, no como costo adicional. Porque del agua no depende solo la sostenibilidad de los negocios, sino la posibilidad misma de seguir habitando este planeta.
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Nota del editor: Aranzazu Zacarías GuevaraEstratega en comunicación y sostenibilidad. Egresada de Sciences Po Paris, asesora a empresas y organizaciones en legitimidad institucional, asuntos públicos y agendas ESG. Es co-fundadora de la organización Sostenibilidad Activa y co-host del podcast SpeakESG. @aranzazuzg Síguela en Instagram como @aranzazuzg Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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